Contemplábalos Ojeda con respeto y envidia, sumidos en su gravedad silenciosa que tenía algo de sacerdotal; insensibles a la música y los rumores de fiesta que venían de abajo; huyendo de los reflejos luminosos que esparcía el buque sobre sus costados como un halo de gloria; avanzando la cabeza en la noche para husmearla mejor; indiferentes al mundo alegre y variado que invadía las entrañas de la nave en cada viaje; sólidamente adheridos al testuz del monstruo cuya marcha guiaban, como el cornac guía al elefante montado en su frente. Eran hombres ocupados en algo más importante que balbucear deseos al paso de una hembra. La vida les había impuesto una obligación y la cumplían severamente, sin conocer arrepentimientos ni vergüenzas.

El trabajo disciplinado por la responsabilidad se le apareció como la función más noble y envidiable. Estos ermitaños del puente y de la cofa tendrían, a no dudar, su vida de pasión lo mismo que todo el mundo; conocerían el amor, que es algo indispensable para la existencia; llevarían en su alma la flor del recuerdo. Tal vez el oficial iba acompañado en sus paseos por la imagen de alguna fraulein rubia y sensible que contaba los días en un puerto anseático aguardando la vuelta del buque; tal vez los marineros contemplaban en el espejo de su rudimentaria imaginación a la compañera ventruda y mal calzada con su grupo de pequeñuelos carillenos y peliblancos.

Desde su asiento, a través del marco de una ventana, veía también al telegrafista escribiendo con la cabeza baja e interrumpiendo su escritura para escuchar el lenguaje chirriante de los aparatos. Atendía mecánicamente a otros pensamientos perdidos en la noche a una distancia de centenares de millas, y apenas terminada la conversación recuperaba su pluma. Bien podía ser que escribiese a su amada llenando el papel con versos ingenuos y simples, como la florecilla azul que apunta en el alma de toda pasión germánica.

Y al adivinar el amor en estos esclavos de la responsabilidad que velaban por la suerte del pueblo flotante, lo veía único, noble, rectilíneo, lo mismo que el deber y la disciplina que mantenían a todos en sus puestos.

Oyó pisadas en la toldilla. Una silueta avanzaba titubeante, explorando los rincones. Era Maltrana, que al reconocerlo se dirigió hacia él, lamentando su desaparición... ¿Qué hacía allí? ¿Por qué no estaba abajo?... Y acompañaba sus palabras con grandes risas y cariñosos palmoteos. Fernando vio en sus ojos el brillo de una extraordinaria agitación. Al hablar esparcía su boca un vaho alcohólico.

—La gran noche, amigo Ojeda; y eso que aún estamos, como quien dice, al principio. Esos muchachos son encantadores. Tenemos concertada una pequeña reunión con varias chicas de la opereta para cuando termine el baile y se acueste la gente seria. ¿Y Nélida? Una valiente. Se ha deslizado fuera del salón, mientras emborrachaban a su hermanito los amigos de la banda. Su primer flirt, el alemán que se titula pariente y viene con ella desde Hamburgo, anda loco por todo el buque sin poder encontrarla. Yo soy el único que sabe dónde está: ¡yo lo sé todo! La he visto entrar cautelosamente en su camarote, como una gata estremecida, y llegar después de ella al barón belga... Y el otro busca que busca. ¡Lo más divertido!... Pero ¿qué tiene usted? ¿Por qué esta triste?...

Fernando experimentó un deseo egoísta de comunicar su desaliento y su amargura a este amigo regocijado.

—Soy un miserable que siente asco de sí mismo. Un verdadero miserable.

Quedó Maltrana indeciso, no sabiendo qué gesto adoptar ante una afirmación tan inesperada... Luego se encogió de hombros y volvió a reír, como si leyese en el pensamiento de Ojeda.

¡Un miserable!... ¿Y qué? Él también lo era; y todos en el buque lo eran igualmente. Y así como el viaje fuera haciéndose más largo y avanzase el Goethe la proa en los mares luminosos y cálidos, todos iban a sentirse poseídos por esta miseria que avergonzaba a Fernando... ¡Quién sabe si alguno llegaría a rugir y a andar a cuatro patas, como los libertinos de las leyendas convertidos en bestias!...