Munster ocultaba su cólera con una sonrisa de resignación. Había renunciado al bridge en la noche anterior por falta de compañeros, refugiándose en el poker forzosamente, y cuando después de perder cien marcos empezaba a recobrar su dinero, la invasión de una tropa de locos le expulsaba del café como a las demás «personas serias».
—Y usted, señor Maltrana, no es un niño, y debía dejar para los muchachos estas hazañas impropias de su edad.
El joyero, sordamente irritado contra su cabeza blanca y sus arrugas, gustaba de envejecer a los demás, creyendo remozarse de tal modo, y por esto insistió en aumentar los años de Isidro, sin hacer caso de sus protestas.
Entraban en el comedor poco a poco todos los jóvenes que se habían mantenido ocultos hasta entonces en sus camarotes. Unos avanzaban a toda prisa, fingiéndose preocupados con algún pensamiento de importancia. Otros desafiaban la curiosidad, ostentando arrogantemente las erosiones mal disimuladas por el peluquero con polvos de arroz. Los norteamericanos destapaban champán en el almuerzo y gritaban lo mismo que en la noche anterior, insensibles al cansancio y al trasiego de líquidos. En las mesas de familia, las mamás acogían a sus hijos con ojos de severidad y labios apretados; pero aquéllos salían del paso saludando a «sus viejos» con aire indiferente, como si los hubiesen visto momentos antes.
Al terminar el almuerzo, Fernando se encontró con Mrs. Power en la escalera del jardín de invierno, y juntos fueron a sentarse en el sitio que ocupaba ella habitualmente con la pareja de compatriotas. Ojeda, después de ser presentado a los esposos Lowe, permaneció allí como si estuviese en familia.
«Ya lo acapararon los yanquis—pensó Maltrana—. Ahora la señora le muestra un abanico y le invita a escribir en él... Desea versos; tal vez versos de amor. Dejemos al amigo Ojeda que siga su destino.»
Y cuando dudaba entre ocupar una mesa libre o irse al fumadero en busca de sus amigos los comerciantes españoles, se vio llamado por el doctor Zurita que, repantingado en un sillón, le mostraba un papel.
—Che, Maltrana, venga para acá. Pero ¿ha visto qué graciosos son estos gringos?...
Le mostraba la lista del comité organizador de las fiestas ecuatoriales, constituido una hora antes bajo las indicaciones del mayordomo. Una ocasión para éste de vender a buen precio, en clase de premios, todos los objetos de pacotilla adquiridos previsoramente en Hamburgo.
—Fíjese, che, en los presidentes de honor. ¡Qué abundancia!