Eran el doctor Zurita, el obispo, el abate francés, el conferencista italiano y Ojeda. ¡Y qué de títulos!... El obispo era Su Grandeza, Zurita Su Excelencia, y Ojeda, por ser algo, aparecía con el título de doctor.

—Pero ¡qué graciosos estos gringos!

Reía Zurita con una mezcla de burla democrática y satisfacción infantil.

—Vea, Maltrana: yo fui ministro, ¿sabe?... ministro de la provincia, en mis tiempos de muchacho, cuando andaba mezclado en los batifondos de la política. Además, he sido diputado nacional. Ahora no me meto en nada; mis negocios no más, y a vivir tranquilo. Pero tal vez por esto me tratan de Su Excelencia. ¡Qué demonios de alemanes! Todo lo averiguan... Bueno, señor; esto va a costarme algunas libras más.

Y volvía a reír, contemplando con una mirada entre irónica y amorosa «aquella diablura de los gringos» tan aficionados a categorías y honores.

Maltrana, en su inquieta movilidad, salió del jardín de invierno para dirigirse al café. En torno de una mesa vio sentados a sus tres compatriotas, los graves y honrados comerciantes que le regalaban buenos consejos.

—Saludo a sus respetables firmas sociales—dijo tomando asiento junto a ellos.

Pero como interrumpía una conversación interesante, sólo mereció varios gruñidos a guisa de saludo. Estaba hablando el señor Goycochea, un vasco de ojos claros, membrudo, bajo de estatura, la cabeza cana y el bigote y la barbilla teñidos de rubio con cierto descuido que dejaba visible el blanco de las raíces capilares. Maltrana le tenía por el más rico de los tres. Bastaba ver el respeto de sus compañeros, que callaban apenas tosía él indicando su deseo de hablar.

Aparte del prestigio que debía a su fortuna, gozaba entre los amigos de cierta consideración social por su matrimonio y su género de vida. La esposa era una dama imponente, con triple mentón y quevedos de oro, que antes de acomodarse en la cubierta de paseo se hacía buscar por la doncella su asiento propio, una poltrona comprada en París, la única de a bordo que podía contener las amplitudes de su respetable maternidad. Nacida en la Argentina, su origen y su apellido parecían irradiar un halo de gloria sobre la prole, borrando la insignificancia del origen paterno. La familia residía en París, y cada dos o tres años regresaba a América para que el jefe viese de cerca la marcha de sus negocios. Habitaban un hotelito propio en las inmediaciones de los Campos Elíseos, y poseían dos estancias en la provincia de Buenos Aires, a más de la gran casa de comercio en la capital, que dirigía un antiguo dependiente convertido en socio. Un personaje importante el tal vasco... La señora infundía respeto a los dos compatriotas del esposo, siempre con la cabeza alta, parca en palabras, llamando a Goycochea por su apellido, como si fuese un amigo en visita, mirándolo todo insolentemente con sus ojos de miope. Las tres niñas hablaban inglés y alemán e iban escoltadas por una institutriz roja y pecosa que miraba con tanto desprecio como la señora a los amigos del señor. De toda la familia, encerrada en su altivez triunfante, él era el único comunicativo y simple de carácter... cuando los suyos no estaban presentes.

Tenía yo entonces diecinueve años—continuó diciendo Goycochea luego de la interrupción de Maltrana—, y me fui a pie con otro muchacho desde mi pueblo a Bayona, donde tomamos pasaje en un bergantín francés. Nos faltaban papeles para embarcarnos en España: teníamos miedo a lo de la quinta... Un viaje de sesenta y cinco días. ¡Y pensar que ahora nos quejamos por si el vapor se atrasa un par de horas!