Yo vine en una fragata de Barcelona cargada de vino, hace cuarenta años, y echamos dos meses y medio en el viaje—dijo Montaner, el residente en Montevideo.

—A mí me trajeron en una goleta de Cádiz con cargamento de sal—declaró Manzanares, antiguo amigo de Goycochea—. No sé cuánto tiempo estuvimos quietos en la línea por las malditas calmas. ¡Y qué alimentación!... El mejor librado era yo, que por ser muchacho ayudaba a los de la cocina y podía rebañar las sobras de los calderos... Y ahora, señores, nos damos el gusto de venir aquí. Nosotros hemos conocido los malos tiempos; nos ha costado sudar la plata. No como otros, que llegan con toda clase de comodidades y quieren de golpe conquistar una fortuna; como si la fortuna estuviese ahí, esperándoles en el muelle.

Y miraba a Maltrana con súbito rencor, cual si le irritase verlo rodeado de los lujos de un gran trasatlántico, mientras ellos, hombres ricos, habían ido a América sufriendo hambre en buques de vela.

Un señor malhumorado el tal Manzanares, de esquelética delgadez y el bigote gris caído sobre las mandíbulas salientes. Sus ojos turbios sólo se animaban con los fulgores de la rabia. Una dolencia del estómago agriaba aún más su carácter y le hacía emprender frecuentes viajes a Europa, siempre en busca de nuevas aguas curativas. Era un erudito en anuncios de específicos y catálogos de farmacia: conocía todos los remedios, y siempre tenía uno, el último lanzado a la circulación, que le merecía hiperbólicas alabanzas, al mismo tiempo que abrumaba con sus ferocidades verbales a los «ladrones» inventores de los otros. Este enfermo crónico comía con una voracidad pantagruélica, y para vencer la torpeza de sus digestiones caminaba a todas horas por el buque, ensalzando las ventajas de la marcha. Únicamente en el café se le veía sentado: el resto del día lo pasaba dando vueltas en la cubierta; y cuando la afluencia de gentes dificultaba su tenaz ambulación, circulaba abajo por los pasillos de los camarotes. Al encontrar a Maltrana saludábalo invariablemente con el mismo ofrecimiento: «Le invito a que demos un paseo...». «Muchas gracias—contestaba aquél—; es a lo único que usted convida.»

Sentía Isidro contra este señor una hostilidad irresistible. Era el que más le ofendía cada vez que intentaba darle buenos consejos. «Ustedes los periodistas, que son medio locos...» «Usted, que no hará nada en América porque es escritor...» Manzanares admiraba la brutalidad como la más grande de las facultades, y se hacía lenguas de un gobernante cuando amenazaba con perseguir a «la canalla popular».

—Con ése no se juega—decía entusiasmado—; ése tiene la mano dura... Pega fuerte...

Y pedía el fusilamiento inmediato a un lado y otro del Océano de todos los que escriben en los papeles, oficio que sólo sirve para que los obreros pidan menos horas de trabajo y aumento de jornal.

—Cuando pagué mi pasaje—continuó Goycochea—no me quedaba nada, absolutamente nada, ni dos reales. ¡Para lo que me hubiese servido el dinero en aquel barco!... La comida era poca y pésima; la galleta tenía gusanos y había que tragarla sin verla; en el rancho nadaban al principio unas piltrafas de tocino; luego, alubias solas. Yo no tenía otro equipaje que dos camisas y un pantalón, además del que llevaba puesto; un pantalón nuevo, azul, con muchos botones: la única prenda que pudo hacerme mi madre... ¡Aún lo estoy viendo!...

Y al mismo tiempo que Goycochea parecía admirar imaginativamente con la ternura del recuerdo este pantalón, único lujo de su pobreza, contemplaba en una de sus manos el centelleo de un brillante límpido y tembloroso como una gota de luz.

—Tenía yo un gran amigo en el barco, un chico de Aragón, compañero de cama y caldero, listo, muy listo, y eso que no sabía leer... ¡Pobre! Murió hace dos años, luego de haber hecho una buena fortuna y educar a la familia como Dios manda. Un hijo suyo es doctor y dicta clases en la Universidad. Muchas veces he leído su nombre allá en París, cuando doy un paseo hasta la Avenida de la Ópera y echo un vistazo a los diarios argentinos en el Banco Español. Creo que es diputado o que va a serlo: tal vez algún día lo veamos ministro... El padre parecía bruto porque no tenía letras, pero guardaba algo en la mollera. Dormíamos bajo la misma lona, al pie del palo mayor; nos ayudábamos al lavar lo que teníamos puesto; éramos como hermanos... Y un día, él se enamora de mi pantalón. «Que te lo compro... Que te doy tres pesetas por él...» Y vinimos regateando desde Cabo Verde al río de la Plata.