El millonario sonreía al recordar su testarudez.

—El era de Aragón, baturro de verdad, ¡figúrense ustedes!, pero yo soy vasco. «Que te doy tres y cuartillo... Que te doy tres y un real... Tres y media...» Los amigos intervenían en la venta del pantalón. De proa a popa mediaban expertos, examinando el cosido de la prenda, la solidez de los botones, la duración de la tela. Y con las alabanzas de los inteligentes crecían los deseos de mi amigo. «¡Remoño, no seas cabezota!... Dámelo por cuatro, que es lo que vale.» Deseaba ponerse majo al bajar a tierra; hablaba de cierta chica de su pueblo que estaba sirviendo en Buenos Aires... Al embocar el río de la Plata casi lloraba de rabia. «Me alargo hasta cinco. Mira, maño, que no tengo más.» Y el trato quedó cerrado en un duro, un «napoleón», como se decía entonces, el único dinero con que llegué a Buenos Aires. ¡Y gracias que hubiese entrado con él!... Ustedes se acuerdan de cómo se desembarcaba en aquellos tiempos. No había muelle; del barco a una lancha, y de la lancha a una carreta hundida en el agua hasta el eje, que le arrastraba a uno a las costas de la orilla. Catorce reales me llevaron por desembarcar, y entré en Buenos Aires con peseta y media y un pantalón viejo que no lo hubiese querido un pobre... Luego pasaron muchos años sin que nos viésemos mi amigo y yo. Un día nos encontramos en una junta patriótica de comerciantes españoles.

Goycochea se entristecía recordando a su compañero.

—Cuando por sus negocios pasaba cerca de mi tienda, entraba a saludarme. Tenía un modo suyo de anunciarse: un garrotazo sobre el mostrador. «¿Quién está aquí?» Y al salir yo del escritorio, la misma pregunta: «¿Cómo estás, maño? ¿Cómo tienes a la maña y tus cachorricos?...» La última vez que le vi, fue antes de retirarme yo a París. Éramos los dos del Directorio de un Banco. Llegaba don Mateo apoyado en su bastón, renqueando una pierna por el reuma. Los empleados y mozos del Banco lo adoraban, y eso que al menor enfado los trataba de «sarnosos» levantando el garrote. Pero en el Directorio pedía siempre aumento de sueldo para ellos y disminuciones en el amueblado. Se irritaba con las poltronas de los directores, las mesas de Consejo, las lámparas eléctricas. Decía que eran punterías indignas de hombres. Él tenía un buen pasar y no necesitaba de estas cosas en su casa. Mejor era distribuir la plata a los que abrían las puertas: badulaques cargados de hijos. Se sentía morir. «Maño, esto va mal; dentro de poco, al pocico.» Pero se consolaba pronto. «La verdá es, maño, que hemos hecho camino. Hemos educao a nuestras familicas, las dejamos un cuscurro de pan, y podemos irnos en paz. ¡Quién nos hubiera dicho en el barco que nos veríamos aquí! ¿Te acuerdas del pantalón? ¿Te acuerdas del duro que me sacaste, vasco del moño?...» Y ya no le vi más.

Manzanares, que escuchaba con un orgullo de clase el relato de su amigo, miró luego a Maltrana.

—Aprenda usted, joven. En el mundo existen hombres de mérito aunque no hayan escrito en los papeles. Ahí tiene el ejemplo en don Antonio Goycochea. Entró en Buenos Aires con peseta y media, y hoy tiene ocho millones de pesos... tal vez diez... tal vez doce.

Goycochea le interrumpió modestamente. Un mediano pasar nada más: una situación decente para la familia.

—La casa sí que es fuerte: la firma Goycochea y Mazpule tiene algún crédito. Giramos al año unos veinte millones. Pero nos deben mucho... ¡Hay tantas quiebras!

Y los tres prorrumpieron en exclamaciones, elevando las miradas al techo para expresar los riesgos y aventuras del comercio en América, únicamente compensados por las enormes ganancias, muy superiores a las del viejo mundo.

Sintióse humillado Maltrana por el aislamiento en que le dejaban aquellos señores. Acalorados por la comunidad de sus intereses, no le veían, se habían olvidado de él. Era un profano que osaba injerirse en la francmasonería del negocio. Quiso levantarse, pero se detuvo al notar que Manzanares sentía la emulación de hablar igualmente de sus esfuerzos.