Ojeda, con su lírico entusiasmo, reconstruía los pensamientos de la muchedumbre cosmopolita que iba hacia el Sur tendiendo las manos tras el aleteo de la diosa sin cabeza.

Este nombre circulaba como una música por el mundo viejo, despertando las almas adormecidas. Las razas sin patria y los pueblos cansados de tenerla sentían un instantáneo rejuvenecimiento al pensar en aquel país de maravillas, donde se realizaban asombrosas transmutaciones. El holgazán sentíase activo; el apático se agitaba con entusiasmos optimistas; el oprimido por la estrechez del ambiente natal rompía su quiste de rutinas con súbito enardecimiento. Muchos iban allá llamados y aconsejados por otros compatriotas que les habían precedido... Pero ¿y los que marchaban a la ventura, faltos de amistades, sin conocer el idioma, sabiendo únicamente repetir con enfermiza tenacidad: «Buenos Aires... Buenos Aires...»? ¿Quién les había enseñado el nombre? ¿Qué encanto el de estas sílabas, que hacían avanzar a las lejanas muchedumbres, confiándose al gesto bueno o malo del destino?...

Admiraba Ojeda el fuerte tirón con que este conjuro de esperanza había arrancado a los grupos humanos enraizados por la historia en lugares distintos del planeta. «¡Buenos Aires!», murmuraba el viento de las noches invernales al colarse por el cañón de la chimenea en el hogar campestre, donde la familia española o italiana maldecía el embargo de sus campichuelos y la escasez del pan; «¡Buenos Aires!», mugía el vendaval cargado de copos de nieve al filtrarse por entre los maderos de la isba rusa; «¡Buenos Aires!» escribía el sol con arabescos de luz en los calizos muros de la callejuela oriental, para el árabe en medrosa servidumbre; «¡Buenos Aires!», crujían las alas de oro de la ilusión al volar de reverbero en reverbero por los desiertos bulevares de una metrópoli dormida, ante los pasos del señorito arruinado y el bachiller sin hogar que piensan en matarse a la mañana siguiente.

Y todos, sin distinción de razas y clases, fuertes y humildes, ignorantes e inteligentes, al eco de este nombre veían alzarse en el paisaje de su fantasía, bañada por el resplandor de la esperanza, una mujer de porte majestuoso, blanca y azul como las vírgenes de Murillo, con el purpúreo gorro símbolo de libertad sobre la suelta cabellera; una matrona que sonreía, abriendo los brazos fuertes, dejando caer de sus labios palabras amorosas:

—Venid a mí los que tenéis hambre de pan y sed de tranquilidad; venid a mí los que llegasteis tarde a un mundo viejo y repleto. Mi hogar es grande y no lo construyó el egoísmo; mi casa está abierta a todas las razas de la tierra, a todos los hombres de buena voluntad.

Maltrana interrumpió la lírica evocación de su amigo con irónico entusiasmo:

—¡Muy bien dicho, poeta! ¡Muy hermoso! Que la matrona azul y blanca no nos haga concebir falsas ilusiones... que de cerca nos parezca tan hermosa como de lejos... Que así sea. Amén.

VI

—¿Qué día es hoy? ¿viernes?... ¿sábado? He perdido la cuenta del tiempo que llevo en el buque. Los días son dobles... dobles no, triples. Desde que despertamos hasta el almuerzo, un día; del almuerzo a la comida, otro; y de la comida a la hora de dormir, el día más largo para algunos, pues lo prolongan hasta que sale el sol... ¡Y siempre las mismas caras! Vemos las mismas personas cien veces al día. Parece que nos conocemos desde que nacimos... Dígame, Manzanares: ¿en qué día estamos?

Era Maltrana el que hacía la pregunta, en las primeras horas de la mañana, caminando por la cubierta de paseo con el comerciante español. La calle de estribor estaba inundada de luz; la de babor guardaba la humedad del mangueo reciente, con una fresca penumbra de galería subterránea.