Corría la sombra del buque sobre las aguas unidas y tranquilas, como una silueta chinesca. En su lomo se marcaban los perfiles de botes y pescantes y la masa cuadrangular de la chimenea. Tendíase el Océano en calma hasta lo infinito, sin una ondulación, con el verde esmeralda de los mares tropicales, denso y adormecido. No había en él otras espumas que las dos láminas burbujeantes que levantaba la proa al arar su superficie. De vez en cuando, de las aguas removidas surgía un enjambre de peces voladores. Aleteaban lo mismo que enormes libélulas; abríase su tropa en varias direcciones formando abanico, y así volaban a gran distancia a ras del Océano, trazando sobre él restos y sutiles surcos, hasta que el cansancio de la fuga los obligaba a sumergirse otra vez.
Junto a los tabiques de la cubierta de paseo alineábanse los sillones de los pasajeros, pero con una alineación caprichosa, mostrando en lo alto de los respaldos los nombres de sus dueños escritos en tarjetas. Esta rotulación parecía darles una personalidad, un alma. Permanecían agrupados o solos, tal como los habían dejado sus poseedores el día anterior. Unos parecían seguir mudamente las conversaciones interrumpidas de sus amos; otros se mantenían apartados con timidez o con orgullo.
Maltrana pensaba en las altas horas de la noche, horas de misterio y de silencio, cuando todos estos armatostes de madera o junco, ventrudos, echados atrás con orgullo y ostentando la fe de bautismo en lo alto de la testa, se quedaban solos bajo la fría luz de las ampollas eléctricas, teniendo enfrente las tinieblas del mar. Descansaban de crujir y dilatarse con el peso de sus señores; se emancipaban durante media noche de la gravitante servidumbre; llegaba para ellos la hora de la libertad; pero semejantes a los hombres que al creerse salvados por una revolución no hacen más que parodiar a sus antiguos opresores, los sillones repetían en su descanso los actos y gestos de sus dueños.
Uno alto, de madera robusta, con una manta escocesa olvidada en su regazo, rozábase con otro de junco, esbelto y elegante, que tenía un cojín lujoso en el asiento. Parecían requebrarse, continuando silenciosamente las conversaciones a media voz cruzadas durante el día. Los asientos sueltos insistían tal vez en las meditaciones de cifras y negocios que los habían impregnado espiritualmente durante las horas de luz, o miraban con lástima a sus compañeros reunidos con arreglo a las tertulias maldicientes o las atracciones del amor. «Vanidad de vanidades...» Maltrana se fijó en algunos más anchos y profundos, que parecían tener las entrañas quebrantadas, inseguros sobre sus pies, con cierto aire de despanzurramiento. Eran de la señora de Goycochea y otras nobles matronas de una majestad paquidérmica. «¡Pobrecitos!» Creyó ver en ellos gañanes tendidos, con los remos abiertos, respirando jadeantes después de la dura labor; cargadores en mangas de camisa que se limpiaban, renegando, la humedad de la frente luego de haber llevado un piano a cuestas.
—Hoy es viernes—contestó Manzanares—; anteayer salimos de Tenerife... También a mí me parecen dobles o triples los días que llevamos aquí. ¡Y los que nos faltan aún para llegar!... Esta tarde, según dice el capitán, veremos de lejos las islas Cabo Verde... El lunes pasaremos la línea. El viaje no puede presentarse mejor: una lindura... Mire usted qué mar.
Se detuvieron un instante para seguir con ojos regocijados el aleteo de los peces voladores.
—Un mar de romanza—dijo Maltrana—. Da gusto vivir. ¡Qué color! ¡qué luz!... Parece una luz de teatro; el resplandor dorado de una «apoteosis final». ¡Y qué aire! (Respiraba, entornando los ojos, con ansiosa delectación.) Algo nos aburrimos, pero hay que reconocer que esta vida es hermosa. Siento deseos de cantar; me vienen a la memoria todas las cancioncillas dulzonas del golfo de Nápoles.
Y con gran escándalo de Manzanares comenzó a entonar a todo pulmón una romanza. Unos marineros que pintaban de blanco las tuberías para el riego de la cubierta volvieron la cabeza, riendo con simplicidad infantil.
—Pero hombre, ¡cállese!—protestó el comerciante—. ¿Y usted va a Buenos Aires a hacer fortuna?... Lo primero es ser hombre serio, para inspirar confianza. Nadie da crédito a la firma de un cantor. ¡No sea loco!... ¡Todas las gentes de pluma son lo mismo!
—Manzanares, estoy contento de vivir. Me siento más joven... Usted también parece que se remoza. Ayer le pillé en conversación con una de esas francesas. Estaba apoyado en la baranda, mirando al mar, pero hablaba con ella al mismo tiempo en voz baja, como quien no hace nada.