—¡Tú!... ¡eres tu!—exclamó ella—. ¡Qué miedo me has dado!...

Luego fué tranquilizándose, y sonrió á Miguel mientras éste murmuraba excusas. No había encontrado á nadie; la verja y la puerta estaban abiertas. Ella, á su vez, también se excusó. Era domingo; Valeria, su acompañante, se había ido á Niza para almorzar con una familia amiga; su doncella y la mujer del hortelano estaban en misa; el viejo habría salido un momento para ver á sus amigos...

Y después de estas mutuas explicaciones quedaron los dos en silencio, mirándose indecisos, no sabiendo qué decir, pero sin dejar de sonreirse.

—¡Tú haciendo tu cama!—dijo él para romper el penoso mutismo.

—Ya lo ves. Esto resulta algo diferente de mi dormitorio de París. Tampoco es mi «estudio» que tú conociste. ¡Los tiempos nuevos!

Miguel movió la cabeza con grave asentimiento. Sí; los tiempos nuevos.

—De todos modos—continuó ella—, hay que confesar que tiene cierta originalidad ver á la duquesa de Delille, á la loca Alicia, haciendo su cama.

El príncipe volvió á aprobar con un gesto mudo. Realmente, era original: no se podía ver todos los días.

Alicia insistió en sus explicaciones. No le había costado ningún esfuerzo ocuparse en los trabajos de su casa. Ella misma limpiaba su dormitorio, para evitar un quehacer á la vieja doncella. No quería admitir la ayuda de Valeria. Cada una corría con el arreglo de su propia habitación, ya que la servidumbre era escasa. Además, entraba en la cocina algunas veces, y hasta por su gusto habría ayudado al jardinero en el cultivo de la pequeña huerta.

—Vivimos en guerra; las cosas cuestan muy caras, y yo soy pobre. Debemos volver á la existencia primitiva... Pero no me atrevo á trabajar en el jardín, por los vecinos. Curiosean desde sus ventanas; hasta hay un señor brasileño que parece enamorado de mí.