Ella misma admiraba su laboriosidad. ¿Quién podía haber supuesto años antes tales cualidades en la dueña del lujoso palacete de la Avenida del Bosque, que los más de los días se levantaba á las tres de la tarde?...
—Todo se lo debo á mamá. Me eduqué en un colegio de Inglaterra cuando era de moda sustituir el ejercicio físico de los sports con los trabajos domésticos. Creo que esto se llama el «corintianismo»... Y me encuentro mejor que nunca. Antes necesitaba subir algunas mañanas, con Valeria y Clorinda, al Tennis de la Festa para jugar hasta rendirme. Ahora, después del arreglo de mi habitación y de ayudar á las otras, no necesito los deportes. Hago la gimnasia del pobre.
Un largo silencio. Miguel miraba la habitación: un dormitorio de mujer, todavía en desorden, con ropas sobre las butacas, esparciendo un perfume de carne femenil bien cuidada. A través de una puertecita vió un extremo del inmediato gabinete, con una mancha de humedad en el pavimento de mosaico, resto del baño matinal. Flotaba en el ambiente un perfume de agua de Colonia y de licor dentífrico. Unos botecitos en desorden dejaban escapar vagas exhalaciones de esencias más preciosas. Y revueltos con los objetos de tocador y las ropas íntimas, distinguió cartones de los que dan en el Casino á los clientes para apuntar las jugadas; unos con marcas rojas ó azules en sus columnas, otros perforados por un alfiler de sombrero á falta de lápiz. Vió tarjetas más grandes que tenían pintada la ruleta, con indicación de sus números y colores, y libros, muchos libros de los que se venden en las papelerías y kioscos de periódicos: luminosos tratados para ganar indefectiblemente á todos los juegos. Sobre la chimenea, medio oculta por varios periódicos de modas, había una ruleta pequeña, una ruleta verdadera, empleada indudablemente en el estudio y comprobación de las teorías. En la mesilla de noche estaba abierto el último ejemplar de la Revista de Monte-Carlo, conteniendo estadísticas de todos los números gananciosos durante la semana anterior en las diversas mesas; lectura interesante, con misteriosas acotaciones, que había desvelado á Alicia tal vez hasta la madrugada.
Mientras tanto, ella hizo desaparecer ágilmente todo lo que creía perjudicial para su buen aspecto después de esta sorpresa. Cuando Miguel volvió á mirarla, los viejos guantes habían volado de sus manos y el velo estaba oculto, no podía saber dónde, dejando en libertad la cabellera medusiana, negra, lustrosa, un tanto áspera, que erguía su vigor en desordenados y gruesos rizos.
Prolongaron el silencio con una sonrisa penosa, como si ninguno de los dos encontrase el medio de salir de esta situación.
—Continúa—dijo Miguel—. Una vez que vengo, no quiero servirte de estorbo.
Ella, como si viese en tales palabras un reto á su timidez, y ganosa al mismo tiempo de mostrar sus habilidades, se inclinó sobre el lecho para reanudar el trabajo. Lubimoff se animó con esta demostración de confianza. No era galante dejar que trabajase sola: él la ayudaría.
—¡Tú!... ¡tú!—exclamó Alicia riendo, como si la proposición lo pareciese inaudita.
El príncipe fingió enojo. Sí, él... Era un marino, y su vida de aventuras le obligaba á saber un poco de todo. Más de una vez, en sus exploraciones de tierras desiertas, había tenido que improvisarse un lecho con mantas junto á los tizones de la hoguera.
Había pasado al lado opuesto de la cama, imitando con una exageración cómica todos los movimientos de la duquesa. Las palmadas de ésta las repitió con una violencia que hizo gemir el lecho. Al tirar ella del colchón hacia arriba para ahuecarlo, él lo levantó completamente con sus poderosas manos.