El recuerdo del duque la hizo sonreir con una bondad melancólica.
—Te advierto que no lo olvido. Todo lo que me sobra de los envíos á Jorge lo meto en un paquete vía Ginebra. «Para el teniente coronel Delille.» ¡Ay! Este sí que llega. ¡Pobre viejo! Sus respuestas son casi de amor... Yo le regalo salchichones y botes de conservas, en recuerdo de los mazos de flores de veinte luises que me envió cuando pretendía mi mano... ¡Qué tiempos, Miguel! ¡Quién podía imaginarse este trastorno de las personas y las cosas!...
Hablaba ya con más tranquilidad, como si el recuerdo de su hijo hubiese retrocedido á un segundo plano de su memoria.
—Todo me anuncia una buena noticia. La desgracia no puede durar tanto tiempo, ¿no te parece? Es como la mala suerte en el juego: acaba por pasar; lo que importa es tener fuerzas para resistirla... Debería sentirme satisfecha. La emoción apenas me ha dejado dormir esta noche... He pasado de los treinta; ya sabes: esos treinta mil francos que parecían antes el límite de mi suerte. Anoche gané ochenta mil. Tu amigo Lewis estaba furioso. Cree que esto sólo les ocurre á las mujeres: ganar jugando á capricho, burlándose de las reglas.
Adivinó ella en la mirada del príncipe su extrañeza por esta alegría después del llanto reciente.
—No puedo permanecer sola. ¡Los recuerdos!... Tal vez me has oído cantar mientras subías. Es una canción inglesa que cantaba mi hijo. Por las mañanas iba yo á escucharla detrás de su puerta, como una enamorada que se contenta con la voz mientras espera la presencia del hombre amado. Siempre que estoy sola la repito maquinalmente; me imagino que es Jorge el que canta, y se me llenan los ojos de lágrimas, pero son de ternura, lágrimas dulces... Al hacer mi cama he creído oirle, lo mismo que cuando iba y venía por su dormitorio y yo le espiaba al otro lado de la puerta. Mi voz era su voz. Por eso al entrar tú me temblaron las piernas. Supuse por un momento que tú eras él. ¡Qué emoción cuando le vea!... Porque yo le veré. La desgracia no puede durar eternamente. ¿No crees tú que le veré?...
Sus ojos entornados sonreían á una lejana visión de esperanza. Y Miguel, que había permanecido silencioso mucho tiempo, habló para infundirle ánimo. ¡Pobre mujer! Sí; vería á su hijo. A la edad de él se resisten todas las fatigas. Volvería; aún serían felices los dos, comentando el infortunio presente como un mal sueño.
—Además, yo te ayudaré. Hay que proceder activamente para que te devuelvan tu hijo. Escribiré al rey de España. Lo conozco; almorzó en mi yate una vez que estuve en San Sebastián. Tengo buenos amigos en París, hombres políticos, diplomáticos; les escribiré á todos... Y en último término, si no queda otro recurso, buscaré por medio de un gobierno neutral hacer llegar una carta á Guillermo II. Tal vez me atienda: debe acordarse de mí, de su visita á mi buque...
Ahora fué ella la que oprimió sus manos. Le miraba fijamente, con los ojos turbios de lágrimas, sonriendo al mismo tiempo para expresar su gratitud.
—¡Qué bueno eres!—exclamó después de un largo silencio—. El día que estuve por primera vez en Villa-Sirena me convencí de mi gran error. ¡Qué mal nos conocíamos! Ha sido necesaria la desgracia para vernos tales como somos. Primeramente me ofreciste remediar mi pobreza; ahora quieres devolverme á mi hijo...