Se dejó arrastrar por una afectividad impulsiva. Lubimoff vió cómo se inclinaba su cabeza, y sintió inmediatamente el contacto de su boca en una mano. Dos besos ruidosos y una voz que gemía: «¡Gracias... gracias!» El príncipe se puso de pie. Le era imposible tolerar este gesto humilde. Pero al mismo tiempo ella se irguió igualmente; quedaron sus ojos á idéntico nivel, y como si quisiera completar la reciente caricia, se abalanzó sobre el príncipe, le tomó la cabeza entre sus manos y le besó la frente.
Una oleada de perfume carnal, semejante á la otra que le había envuelto al recibir la sábana en pleno rostro, volvió á conmover su organismo. Se daba cuenta del alcance de esta caricia: un simple beso de gratitud, un arrebato de madre que expresa sus sentimientos con excesiva vehemencia. A pesar de esto, la turbación que le dominaba, cruel y voluptuosa á la vez, le impulsó á abrir los brazos para abarcar y apropiarse lo que tenía á su alcance... Pero sus manos ávidas se perdieron en el vacío.
Ella, arrepentida de su acto, se había echado atrás, retrocediendo unos cuantos pasos. Estaba en el hueco de la puerta, dispuesta á continuar su huída. Se arreglaba maquinalmente los cabellos y secaba sus lágrimas, mientras el rubor se extendía por su rostro.
—¡Qué loca soy!—murmuró—. Perdóname. ¡Es tanta mi gratitud al saber que quieres ayudarme!...
Señaló al mismo tiempo el balcón. Abajo, en el jardín, sonaba la voz del hortelano llamando á su perro para que no continuase ladrando junto á la escalinata de la «villa», como si olfatease la presencia de un intruso.
—Vámonos—ordenó Alicia con gravedad—. Las criadas van á volver de misa. No me gusta que nos vean aquí, en mi dormitorio. Podrían creer...
Lubimoff, al serenarse, admiró el gesto pudoroso, la tímida inquietud con que ella decía esto. Resurgió en su recuerdo la mujer del «estudio» de la Avenida del Bosque; hizo memoria de sus audaces teorías. ¿Realmente era la misma?...
Mientras bajaban, ella volvió la cabeza para hablarle, como si adivinase sus pensamientos.
—Debes reirte de mí. ¡Cuán lejos está la Alicia de otro tiempo!... Soy menos mala que parecía, ¿no es cierto?... Dime que no me crees mala; dime que sólo me tienes por loca: una loca sin suerte...
Abrió sus salones del piso bajo para dar á la visita un aspecto de regularidad, pero el frío de las piezas abandonadas, los muebles enfundados, el olor de cueva húmeda, les hizo salir al jardín, continuando su conversación al pie de la escalinata, como dos personas que prolongan su despedida.