La antigua doncella de la duquesa y la jardinera encargada de la cocina pasaron repetidas veces ante ellos con diversos pretextos. Saludaban al señor mudamente, con ojos de adoración y dulce sonrisa. ¿Este buen mozo era el príncipe Lubimoff, del que tanto se hablaba?... Habían oído su nombre muchas veces en aquella «villa», y las dos le veneraron como un ser providencial, todopoderoso, que podía con un gesto hacer resurgir la perdida abundancia...

Miguel no quiso prolongar su visita.

—Ven á verme—dijo ella en voz baja, acompañándole hasta la verja—. Ahora lo sabes todo. Tú eres el único. Será muy dulce para mí que hablemos, que me consueles y me ayudes.

Las horas siguientes las pasó el príncipe silencioso y preocupado. ¡Tantas novedades de una vez!... La existencia de aquel hijo que nunca había podido sospechar; la amorosa feroz convertida en madre; sus lágrimas, su tormento silencioso que arrastraba como cadena expiatoria á través de una vida loca... Y por encima de todas estas sorpresas, la que él había experimentado en su interior, la resurrección del hombre de otros tiempos, la nueva caída en la servidumbre carnal, el doble latigazo recibido en su estructura nerviosa al aspirar el perfume del suave lienzo y al sentir en su frente la huella de sus labios...

Deseaba olvidar todo esto, y para conseguirlo concentró su atención en las revelaciones que ella le había hecho y en sus dolores de madre. ¡Infeliz Alicia! Al verla empobrecida y llorosa, sin otra ayuda que la que él pudiese concederle, empezó á sentir por esta mujer un afecto duradero. Era el cariño del poderoso por el débil al que protege; un amor paternal que no tenía en cuenta la semejanza de edades ni la diferencia de sexos; una ternura en la que entraba por mucho cierta lástima dulce. Se conmovió al recordar el beso humilde con que había acariciado sus manos; casi un beso de mendiga. ¡Pobre! Esto bastaba para que se creyese obligado á no abandonarla nunca. El orgullo de Alicia, su ansia de dominación, le habían enfurecido en otro tiempo. Acostumbrado á proteger generosamente á las mujeres, pero sin someterse nunca á su voluntad, á considerarlas á todas como algo agradable é inferior, no podía transigir con este carácter soberbio. Eran los dos igualmente poderosos y triunfadores para llegar á tolerarse. ¡Pero ahora!...

Renacía en su memoria tal como la había contemplado en el dormitorio, con los ojos acuosos, agrandados por el dolor, y una perla pendiente de sus lagrimales, trágicamente bella, como las vírgenes que tienen sobre las rodillas el cuerpo del hijo crucificado... ¡Máter dolorosa!

Pero una segunda persona que parecía hablar en el interior del príncipe con fría clarividencia protestó de esta imagen. No era una madre dolorosa. La madre no abandona á su hijo: renuncia á todas sus vanidades por él; abdica su presente y su porvenir, como si no tuviese más vida que la de este pedazo de su propia carne; le da el jugo de sus pechos y todas sus horas; sigue minuto por minuto su desarrollo, batiéndose con la enfermedad, burlando al peligro; no espera para amar el esplendor de la adolescencia triunfante... ¡mientras que la otra!...

La otra era Venus dolorosa. Hasta en sus momentos más desesperados se mantenía bella, y su dolor resultaba un nuevo medio de seducción. Era madre, pero seguía siendo mujer: la terrible mujer perturbadora odiada por el príncipe.... ¡Atención, Miguel!

Con una sonrisa de superioridad respondió mudamente á estas reflexiones.

«¡Acaso voy á enamorarme de ella!—se dijo—. La quiero como no creí nunca que podría quererla. Pero sólo es un amigo, un compañero digno de lástima, que debo proteger.»