Quedó dudando el príncipe ante el hombrecito, que se había puesto de pie, sorprendido y receloso al ver que le hablaba tan alto personaje. ¿Era realmente su voz la que acababa de sonar?... Sí, era su voz, pero él experimentó una inmensa extrañeza, como si fuese otro el que había hablado. Sintió deseos de retirarse sin esperar la respuesta del gnomo, pero éste contestaba ya, balbuceando:

—Príncipe... ¡tal cantidad!... Yo soy un pobre. Hago de vez en cuando un favor á personas distinguidas, dos ó tres mil francos... ¡pero veinte mil!... ¡veinte mil!...

Al mismo tiempo que murmuraba la cifra con un acento de ternura, sus ojos astutos penetraron en Lubimoff lo mismo que una sonda. Esta mirada irritó á Miguel, haciendo que se interesase por la operación, como si de ella dependiese su honor. Sin duda, el usurero pensaba en Rusia, en los desmanes de la revolución, en la imposibilidad de cobrar su préstamo aunque el gran personaje le ofreciese toda su fortuna.

—Usted debe conocerme—dijo con voz irritada—. Soy el príncipe Lubimoff; soy el dueño de Villa-Sirena. Necesito veinte mil: ni uno menos. Si usted no puede...

Iba á volverle la espalda, pero el enano le detuvo con humildad, considerando inútiles en la presente ocasión todas las excusas y retardos que hacía sufrir á sus clientes, como un suplicio á fuego lento. Se escurrió entre los grupos, suplicando á «Su Alteza» que esperase un instante. Tal vez no poseía toda la cantidad y necesitaba pedir un refuerzo á la caja del Casino; tal vez iba á ocultarse por un instante en los gabinetes de aseo, sacando los billetes de los diversos escondrijos de su traje y hasta de sus zapatos.

Sintió Miguel una mano discreta que rozaba su diestra, introduciendo entre los dedos un rollo de papeles. El vejete había vuelto sin que él le viese llegar, surgiendo entre dos grupos, pequeño y vivaracho, como surge un diablillo de teatro del fondo de su escotillón.

—¿Conoce usted al coronel?... Mañana se avistará con usted para el pago y los intereses.

El príncipe le volvió la espalda sin otro saludo, dejando al usurero satisfecho de su laconismo descortés. Un gran señor no podía hablar de otro modo. Con hombres así le gustaba tener negocios.

Alicia, que había seguido la escena desde lejos, salió á su encuentro, avanzando disimuladamente una mano.

—Toma.