La diestra de Miguel ofreció los billetes con tal rudeza, que esta entrega casi fué un manotón agresivo.
Su vergüenza por el acto reciente se exteriorizaba en confusas protestas.
—¡Las mujeres!... ¡Lo que me has obligado á hacer!...
Ella, con los billetes en la mano, sólo pensaba ya en el juego.
—Vas á presenciar grandes cosas... Ya sabes que formamos compañía: llevas la mitad.
Se alejó sin darle las gracias, dominada de nuevo por aquel demonio invisible que cantaba en su oreja números y colores.
Lubimoff también se marchó. Temía encontrarse otra vez con el prestamista y recibir su saludo familiar; se imaginaba que todo el público de los salones había seguido atentamente su entrevista con el vejete, sonriendo cuando recibía el dinero.
Salió del Casino. Jamás volvería á él: ¡lo juraba!
Castro, al que había visto de lejos jugando en una mesa, volvió á Villa-Sirena á la hora de comer. Tenía mal gesto; pero olvidaba su propio infortunio para consolarse con el relato de las desgracias de Alicia:
—Después de perderlo todo en el «treinta y cuarenta», apareció á última hora con más dinero: un fajo de billetes de mil francos... Y ella, que no siente predilección por la ruleta, se lanzó á la ruleta. ¡Qué modo de jugar! Al principio acertó unos plenos, dos ó tres, pero luego nada: ¡perder y más perder! Se lo ha dejado todo en la mesa. No la vi salir, pero me han contado que parecía una muerta, apoyada en el brazo de Valeria... Aseguran que sufre del corazón... Lo que yo digo: no es jugador todo el que pretende serlo; se necesita un organismo fuerte. «La Generala» juega menos, pero tiene más serenidad, unas entrañas sólidas.