—Hay muchas cosas bellas en el mundo—continuó—para las cuales no se necesita dinero. ¡Pensar que si no hubiésemos perdido no estaríamos aquí! Casi es mejor ser pobres.
Miguel rió de su vehemencia. No; ser pobre no resultaba agradable; pero tenía razón al decir que para gozar de muchas cosas hermosas no es necesario el dinero.
—Nosotros mismos—añadió él, después de una larga pausa—sólo nos conocemos verdaderamente desde que perdimos nuestra riqueza. ¡Quién sabe si de nacer pobres nos hubiésemos entendido mejor en nuestra juventud!... Muchas veces lo he pensado.
Era cierto; y desde que estaba aquí en el banco, al lado de ella, pensaba lo mismo. La alegría de Alicia ante la tarde esplendorosa, su entusiasmo al verse en este jardín rústico frente al mar, lejos de ciertas gentes sin las cuales no creía antes tolerable la existencia, lejos del juego, que era el único remedio para el vacío de su vida, todo esto halagaba al príncipe, como un descubrimiento de acuerdo con sus gustos. La veía ahora muy distinta á como se la había imaginado en otros tiempos. Y él también aparecía seguramente ante los ojos de ella de otro modo que en el pasado. Una muralla enorme los separaba antes: la riqueza, engendradora del orgullo y del afán de dominación.
Sintió una necesidad de seguir hablando. Algo hervía en su interior, haciendo subir las palabras á la boca con una marea irresistible.
«Vas á cometer una necedad enorme... ¡Atención!... Buscas complicar tu existencia...»
Era el antiguo Lubimoff el que hablaba en su interior; el Lubimoff recién llegado de París para refugiarse en su Arca, lejos de todos los afectos vanos que forman la felicidad de la mayoría de los hombres; el áspero maestro de «los enemigos de la mujer».
La voz ronca y plañidera no levantó ningún eco. El príncipe despreciaba á este fantasma que aún se mantenía en su interior, gimiendo sobre ruinas.
Había permanecido hasta entonces aspirando con delicia el perfume de aquella mujer, que al mezclarse con el perfume de la tarde parecía comunicar su esencia á toda la Naturaleza. Veía el cielo, el mar, los árboles, todo á través de ella, como si llenase el espacio.
También él había hecho un descubrimiento. Pensaba con horror en la solitaria Villa-Sirena, como la otra pensaba en el Casino. Le parecían más hermosos estos jardines de disfrute común que los de su propiedad, que todos le envidiaban. ¿Cómo podía haberse paseado solo en torno de su «villa», por las avenidas magníficas y solitarias, cuando existía en el mundo la voluptuosidad de sentarse en un banco público al lado de una mujer, ó caminar junto á ella pasando un brazo por su talle, lo mismo que aquellos pobres soldados y marinos?...