«¡Muy bien, príncipe!... Enamorado como un adolescente pasados los cuarenta. ¡Adelante con tus necedades, si eso te divierte!... ¿Qué dirían los otros enemigos de la mujer?»
Pero él no quiso oir esta última protesta de una mitad de su persona, olvidada y hostil.
—Nuestra vida ha sido un engaño—dijo en voz alta, con cierta violencia, para no dejar traslucir su emoción—. Tú debes estar convencida de ello... Y también te das cuenta de que yo pienso lo mismo... de que reconozco mi error... Porque yo... porque yo, desde hace tiempo... ¡yo te amo!... Ya está dicho: ahora ríete si quieres.
Ella no quiso reir. Lanzó una ligera exclamación, le miró un instante y volvió la cara, como si huyese de la interrogación de sus ojos. Había presentido la llegada de esto de un momento á otro, ¡pero la sorpresa de escucharlo en la realidad!...
Hubo un largo silencio.
—¿Qué contestas?—preguntó al fin con timidez el famoso príncipe Lubimoff, adorado por tantas mujeres.
Alicia volvió á mirarle.
—¿No es una broma?... ¿No es un capricho que te ha sugerido la hermosura de esta tarde tan... poética?
Miguel protestó con el gesto. ¡Considerar capricho aquella decisión grave que venía preparada por largas y penosas contradicciones interiores, lo mismo que un gran pensamiento!...
—Si yo fuese como las más de las mujeres, te contestaría: «¿A cuántas has dicho lo mismo?» Pero esta pregunta es estúpida. Se puede haber dicho «Yo te amo» á una mujer con toda sinceridad, y algún tiempo después repetir lo mismo á otra, con más sinceridad aún... No quiero preguntarte á cuántas has dicho lo mismo; tal vez no lo has dicho á ninguna. Tú no necesitabas esforzarte, fingiendo la comedia del gran amor, para conseguir tus deseos: te esperaban anhelantes; te bastaba arrojar tu pañuelo de sultán... ¡Pero á mí!... Haz memoria, Miguel: de muchachos nos odiamos; después, cuando yo quise, tú no quisiste... ¡y ahora que ya empezamos á ser viejos!... ¡ahora que sólo poseo los restos de lo que fuí, que carezco de libertad, pues tengo... lo que tú sabes! Es un disparate, y por eso río. No: ¡nunca!