También calló ahora Miguel, comprendiendo la inutilidad de su insistencia. Conocía el carácter de Alicia. Detrás de su voz quejumbrosa adivinó la resuelta voluntad de mantener á su lado á aquel joven que refrescaba sus sentimientos maternales y era á la vez un consuelo para el remordimiento que se había forjado.

La consideración de su impotencia acabó por irritarle, haciéndole sentir un cruel deseo de molestar á aquella mujer.

—Haces mal, Alicia. El mundo ignora tu secreto. Ya sabes lo que creía antes de ti y de tu hijo. Tú misma reías, encontrando graciosos tales errores... Ahora, el equívoco continuará con mayor razón. Muchos se imaginan que has sustituido al joven que murió con otro joven.

Alicia perdió su triste serenidad.

—¡Qué infamia!—dijo—. ¿Cómo pueden creer eso? ¡Pobre Martínez!... ¡Tan bueno! ¡tan respetuoso!

Luego continuó con arrogancia:

—¡Que digan lo que quieran! Yo deseo olvidar al mundo; que el mundo se olvide de mí... Ya he muerto.

Pero Miguel insistió en su rencor:

—El otro era tu hijo, y yo lo sabía. Este no lo es, y conozco el poder de seducción que ejerces, aun contra tu voluntad. Acuérdate del «banco de los viejos».

¡Ay! Por donde ella pasase, la mirada del hombre se engancharía en el ritmo de su cuerpo: y aquel joven, aquel extraño, iba á acabar...