No pudo seguir.
—¡Tú también!...—exclamó ella—. ¡Adiós, Miguel! Siempre pensaré en ti, pero es mejor dejar de vernos. No me guardes rencor. Tal vez algún día...
Y resueltamente le volvió la espalda, descendiendo las gradas hacia el bulevar.
El príncipe quedó inmóvil unos instantes. Luego avanzó hasta el borde del último escalón, pero sólo pudo ver un carruaje con la capota levantada, cuyos dos caballos emprendían el trote.
¡Y para llegar á esto había deseado con tanta vehemencia su encuentro con Alicia!... El despecho le hizo juzgarse duramente; no había sabido hablar. Después recordó todos sus razonamientos y sus recriminaciones, asombrándose del poco efecto que causaban en ella. Era indudablemente otra mujer. Alguien la había cambiado; alguien era el culpable de esta absurda situación.
Gran parte de aquella noche la pasó reflexionando. No se le ocurría censurar á Alicia. Hasta se arrepintió de sus palabras agresivas. ¡Infeliz! Una exaltación de su sensibilidad la hacía ver culpas y remordimientos en todos sus actos anteriores.
«Además, las mujeres—continuó diciéndose—, al menor choque nervioso, lo primero que pierden es la lógica.»
Necesitaba concentrar su rencor en alguien que no fuese ella, y como Miguel creía no haber perdido la lógica, hizo caer la responsabilidad de todo sobre Martínez. Este era el único culpable. De no entrometerse en la vida de los dos, Alicia, al verse sola en su desgracia, habría buscado más que antes el apoyo del príncipe. ¡Qué regalo les había hecho «la Generala» al presentar á este aventurero!
En vano su razón intentó argüir que no era el oficial el que iba en busca de Alicia, sino ésta la que lo conservaba en su casa, aislándolo de sus antiguas amistades. Lubimoff no renunció á su rencor. Era Martínez y nadie más el que se colocaba entre ambos.
Hasta entonces sólo había fijado su atención ligeramente en este muchacho, al que Toledo llamaba «el héroe». ¡Eran tantos los héroes en el momento presente! Su odio fué despojándolo del prestigio que le daban sus hazañas y su desgracia. Lo vió sin uniforme, sin sus cruces y sus heridas, tal como debió ser antes de la guerra: un pobre empleadillo, un dependiente de comercio, que nunca había puesto sus ilusiones amorosas más allá de una modista ó una dactilógrafa... ¡Y éste era el personaje interesante que se erguía enfrente de él!... ¡Tiempos intolerables!