Esto hizo dudar un momento á Castro, que no tenía idea de la importancia del choque entre los dos hombres. Pero su indecisión fué corta.
—Algo hay que no comprendo y que tú callas. La misma gravedad del insulto me indica que hubo de tu parte un acto extraordinario. ¡Atreverse ese pobre muchacho respetuoso y tímido á querer abofetear á un hombre como tú!... ¿Qué has hecho para excitarle hasta ese punto?
Lubimoff no se dignó responder. Sin abandonar su enfurruñada inmovilidad, preguntó lacónicamente:
—¿Quieres ó no quieres?
Castro, irritado por tal actitud, contestó sin vacilar:
—Es un disparate, y no quiero.
Siguió la inmovilidad del príncipe ante esta negativa, pero Atilio creyó adivinar sus ideas en la mirada hostil fija en él. Le acusaba de ingratitud al verse abandonado. Al mismo tiempo hacía responsable á «la Generala», creyendo que ésta había podido influir en su decisión. ¡Aquel teniente era tan admirado por doña Clorinda!...
Como si contestase á sus ocultos pensamientos, Atilio siguió hablando.
—¿Tú crees que á mí me interesa ese muchacho con el que deseas batirte? Me es indiferente; hasta confieso que me es antipático, por los grandes extremos que hacen algunas señoras sobre su heroísmo. Eso molesta siempre á los que no somos héroes. Pienso en lo insignificante que sería hace cuatro años nada más. De conocerlo entonces, tal vez lo habría visto de tenedor de libros en un hotel ó en la tienda de mi camisero de París. Figúrate qué amistad!... Pero ha pasado sobre nosotros la guerra, trastornándolo todo, haciendo emerger á unos, hundiéndonos á otros en lo más profundo, sin la certeza de volver á surgir, y ese muchacho es ahora «alguien», es más que tú y que yo; ha servido de algo, y para mí es sagrado, á pesar de que me inspira envidia y no admiración.
El príncipe hizo al fin un movimiento de protesta. Luego levantó los hombros desdeñosamente y volvió á sumirse en su inmovilidad. ¡Aquel aventurerillo más que él, porque le habían agujereado el pellejo en los combates!...