Con verdadero placer entró en Villa-Sirena, encontrando una nueva voluptuosidad en todos los detalles de su bienestar. Aguardó leyendo la llegada del coronel. A las nueve de la noche tuvo que comer solo. Luego volvió á la lectura, pero en su dormitorio, acabando por acostarse con el libro en la mano. Sonrió con una sonrisa que parecía una mueca al pensar que su fatiga nerviosa le había hecho tenderse en la misma postura de los muertos.

Fué pasando las páginas, sin perdonar una sola línea, y sin embargo no podía decir qué es lo que estaba leyendo. De pronto, su atención se concentraba para recordar. Algo le había ocurrido; algo le esperaba. «¡Ah, sí!» Y después de reconstruir en su memoria lo de aquella tarde é imaginarse lo del día siguiente, volvía á su lectura sin sentido.

Las páginas fueron desvaneciéndose como pedazos de niebla; sintió su mano más ligera: el libro acababa de caer sobre la cama. Instintivamente buscó el botón eléctrico para hacer la obscuridad, y antes de perder completamente la percepción del mundo exterior oyó sus primeros ronquidos.

Una luz hiriéndole en los ojos le hizo incorporarse. Vió al coronel junto á su lecho. El profundo silencio de la noche, que aún parecía más absoluto sostenido por el rumor del mar, se rasgaba á lo lejos con el jadeo de un automóvil.

El príncipe se restregó los ojos. ¿Qué hora era?

—La una—dijo don Marcos.

Todo estaba convenido. El encuentro sería al día siguiente, á las dos de la tarde. No podía realizarse antes; aún le quedaban muchos preparativos por hacer. El lugar escogido era el castillo de Lewis. En el principado de Mónaco resultaba imposible un encuentro: todo él era á modo de una casa de vecindad, sin el menor lugar discreto para que dos hombres se mirasen frente á frente con una pistola en la mano.

Lubimoff casi se levantó de la cama á impulsos de la sorpresa. El tenía la elección de armas, como ofendido, y había hablado á su representante del sable, arma favorita de los duelos de su juventud. Toledo, por primera vez, arrostró impávido la mirada furiosa de su príncipe.

—¡Marqués—dijo con dignidad—, no podía ser otra cosa! Hay que pensar que ese pobre joven es un convaleciente, casi un inválido. Yo me admiro de que haya obligado á sus padrinos á admitir la pistola. Sus representantes no querían aceptar nada. Son de los que creen que este duelo no debe realizarse.

Miguel se calmó. Un sentimiento de equidad le hizo aceptar la decisión de Toledo. Aquel enfermo no era un enemigo digno de su sable; había que establecer cierta igualdad entre los dos, y para eso servía la pistola, única arma que se presta á las sorpresas y caprichos del azar.