«De todos modos lo mataré», pensó Lubimoff, acordándose de sus habilidades de tirador.

—Advierto á su Alteza—siguió diciendo el coronel—que lo mismo da un arma que otra. Ese joven y sus dos amigos conocen todo lo referente á la guerra, pero no tienen noción alguna de lo que son los duelos y de las armas que se usan en tales lances.

Luego enumeró las condiciones. Distancia, quince metros; una bala cada uno, pero podrían apuntar y hacer fuego mientras él, que iba á ser el director del combate, contaba de uno á tres. Con un tirador como el príncipe, estas condiciones resultaban graves.

Efectivamente; el príncipe las encontró aceptables.

—Buenas noches—dijo sumiéndose en la cama y remontando el embozo hasta sus ojos.

El sueño volvió á apoderarse de él, una vez satisfecha su curiosidad.

Toledo hubiera querido hacer lo mismo, pero tenía que cumplir antes sagrados deberes de su ministerio, y vagó por diversas habitaciones, registrando muebles, subiéndose en las sillas para huronear en lo más alto de los armarios. Buscaba una caja de pistolas de desafío que le había regalado en Rusia uno de los generales amigos del difunto marqués. Cuando al fin la encontró, tuvo que dedicar más de una hora á la limpieza de estas armas de lujo, que habían perdido su brillo de plata en el olvido de un largo encierro.

Se sentía fatigado, y al mismo tiempo la consideración de su importancia ahuyentaba su sueño. El alma de aquel drama que se estaba preparando para el día siguiente era él, sólo él. Faltos de su asistencia, ni Su Alteza ni Martínez podrían batirse. Lord Lewis y los dos militares que representaban al adversario eran incapaces de una idea, y tenían que seguirle como discípulos.

La conciencia de esta superioridad le hizo recordar todas sus gestiones y triunfos desde media tarde á media noche.

Había ido en busca de Martínez con cierta indecisión. Contra su deseo, encontraba razonadas las protestas de Atilio. Tal vez era cierto cuanto decía, y este duelo resultaba un disparate, una locura del príncipe. Pero sus ideas tradicionales se encabritaron ante estos escrúpulos. «El honor es el honor...» Y experimentó la alegría del que, luego de dudar, se convence de que está en lo cierto, al oir que el teniente aceptaba la reparación por las armas con regocijo y con cierta prisa, como si temiese que Toledo se arrepintiera, retirando su proposición. ¡Joven heroico y pundonoroso! Don Marcos encontraba natural que procediese así. ¡Era de la misma tierra que él!...