Cuando el encuentro fué concertado hasta en los menores detalles, el capitán resumió sus impresiones con una sencillez que dió frío á don Marcos.

—Quedará herido uno de los dos, ó tal vez los dos. No es cosa extraordinaria. ¿Quién no está herido en estos tiempos? La cirugía ha adelantado mucho; es otra cosa que al principio de la guerra. El que no muere en el acto, se salva casi siempre. Además, los llevarán á la cama y no quedarán abandonados días y días sobre el terreno, como ocurre en los combates.

Pero el gesto de placidez con que hablaba de las heridas se fué convirtiendo en una expresión torva.

—Supongo—continuó—que no tendremos muertos; porque si mi camarada Martínez, que es bueno como un cordero y al que quiero mucho, muere en esta broma, yo mato á su príncipe a continuación, sin regla alguna, como se mata á un boche en el frente.

Fué tan sincero el tono de estas palabras, que el coronel, impresionado por ellas, no reparó en lo extrañas que resultaban dichas por un especialista de las leyes del honor.

La conversación se hizo más íntima y cordial, como ocurre siempre que se da por terminado un negocio arduo. Toledo tuvo que contarles su vida guerrera—como él se la imaginaba, á través de los años—, y los dos jóvenes, que habían asistido á combates de millones de hombres, mostraron el mismo interés de los niños que escuchan un cuento exótico ante este relato de obscuros encuentros de montaña, que ni nombre tenían, y sólo perduraban exageradamente en la memoria de don Marcos.

El capitán parisién, elegante y gracioso, habló igualmente de su pasado.

—Yo, antes de la guerra, trabajaba en la reventa de billetes de los teatros del bulevar. No tengo otro oficio.

Hizo un esfuerzo el coronel para contener su sorpresa... Sí que había visto más de cien duelos; pero era en las obras dramáticas, sobre las tablas, entre cómicos, que dan á los preparativos del encuentro una lentitud ceremoniosa para prolongar la ansiedad del público. Debió adivinarlo al oir sus disparates. ¡Cómo se había burlado de él!...

Pero inmediatamente sus ojos bajaron hasta el pecho de los dos jóvenes. Iguales á Martínez: la Legión de Honor, la Medalla Militar, la Cruz de Guerra con estrellas. La del antiguo revendedor de billetes hasta se mostraba cruzada por una palma de oro.