¡Ay! El mundo había cambiado. ¿Dónde estaban los tiempos de don Marcos?... Luego pensó en todo lo que había hecho en su vida para considerarse superior: asistir ceremoniosamente á varios duelos, muchas veces sin resultado alguno. Pensó también en lo que habían hecho y habían visto estos jóvenes en menos de cuatro años. Su origen obscuro le trajo á la memoria á numerosos guerreros de Napoleón de nombre célebre y peor origen. Algunos llegaron á ser reyes, mientras que estos pobres capitanes, una vez terminada la guerra, tendrían que volver, cargados de gloria, á sus antiguas ocupaciones, batallando diariamente por la conquista del pan.

Se separaron, conviniendo en verse después de la comida, para firmar el acta de las condiciones del encuentro. Los cuatro estaban de acuerdo. Pero al mencionar dicha cifra, Toledo se fijó en que sólo eran tres. Lewis había asistido con cierta impaciencia á los largos exordios de la entrevista en un diván del atrio del Casino.

—Un amigo me espera.... Vuelvo al momento.

Y se había metido en las salas de juego, lugar vedado á los oficiales.

No podía el coronel hacerse ilusiones sobre la duración de este momento, á pesar de que iban transcurridas cerca de dos horas. Después de separarse de los capitanes, encontró á Lewis en una mesa de «treinta y cuarenta», teniendo ante sus manos un montón de placas de mil francos. Al principio no entendió lo que Toledo le decía al oído. Tuvo que hacer un esfuerzo para recordar.

—¡Ah, sí; lo del duelo!... Usted tiene toda mi confianza; haga lo que quiera, firmaré lo que me presente, pero no me levanto aunque me avisasen la muerte de Lubimoff. ¡Qué día este, amigo mío! ¡Si todos fuesen así!

Y le volvió la espalda para aprovechar el tiempo, antes de que cambiase el vuelo de la suerte.

El coronel había comido en el Café de París, rumiando mentalmente los párrafos del acta del encuentro. La consideración de que todos confiaban en su pericia le hacía ser muy exigente consigo mismo. Deseaba algo conciso y brillante que inspirase respeto á aquellos muchachos gloriosos. Y pasó más de una hora garrapateando papeles, rompiéndolos y empezando otros, entre los restos de sus postres. Trabajo inútil: los dos firmaron en el gabinete de lectura del Casino, después de pasar una mirada rápida por el texto. A Lewis tuvo que sacarlo de las salas privadas con toda clase de ruegos y astucias. El inglés se había olvidado de comer, para no enojar á la fortuna con su ausencia, ¡y este testarudo coronel venía á estorbarle con la maldita historia del duelo!...

Firmó sin mirar; dió su palabra á los oficiales de que iría á buscarles en un automóvil para conducirlos á su castillo, y echó á correr inmediatamente, no sin antes decir á don Marcos con un tono agrio:

—Hasta las cuatro nada más. Si á las cuatro de la tarde no ha terminado todo, les dejo que se maten á solas y me vuelvo aquí. Es la hora en que empiezan las tallas magníficas. Lo de hoy va á continuar.