—Señores...

Durante toda la mañana, al ir de un lado á otro realizando sus preparativos, no había dejado de pensar en lo que diría en este momento, fabricando una soberbia pieza oratoria, breve y conmovedora. Muchas veces había hablado en los duelos, mereciendo la aprobación de los otros padrinos, viejos generales, gentes expertas, acostumbradas á tales actos. Pero la corta arenga de hoy iba á ser la mejor de sus obras.

«Señores...», repitió. Vacilaba, no sabía qué añadir, todo se había borrado de su memoria. Con una voz balbuciente fué diciendo lo que se le ocurría, sin orden alguno, sin que una sola de sus palabras le recordase las frases que había cincelado horas antes. «Aún era tiempo... un poco de buena voluntad; los dos eran hombres de valor que habían hecho sus pruebas... No es deshonrosa una explicación en el último minuto.»

Sus palabras se perdieron en un silencio emocionante. Pero este silencio no era absoluto. Alguien se movía á espaldas del coronel, dando con el pie en el suelo. Era Lewis, que consultaba, enfurruñado, su reloj. Más de las tres; ya estarían empezando las buenas series en el Casino.

Quiso terminar. Además, le daba miedo la figura inmóvil y rígida de su príncipe con la pistola en alto. Nunca lo había visto tan feo. Su color era terroso, tenía la mirada bizca y los pómulos salientes. En un momento se había transfigurado, como si el salvajismo de los remotos abuelos, despertando en su interior, se le hubiese subido al rostro.

—Puesto que no hay avenencia posible....

Ahora creyó el coronel haber atrapado la última parte de su fugitivo discurso. Pero el hilo de brillantes palabras se le escapaba otra vez, y obligado á improvisar, terminó solemnemente:

—¡Adelante, señores! El honor... es el honor; y las leyes de los caballeros... son las leyes de los caballeros.

Sonó á sus espaldas un murmullo de aprobación. Era la voz del antiguo revendedor de billetes de teatro. «¡Bravo! ¡Muy bien!» Pero no quiso enterarse. Con aquel hombre nunca se sabía cuándo hablaba en serio.

—¿Listos?...