El silencio de los dos adversarios dió á entender al coronel que podía seguir sus voces de mando.

—¡Fuego!... Uno...

Sonó un tiro. Martínez, que sólo pensaba en el terrible tres, había disparado.

Vió enfrente al príncipe, que parecía mucho más alto; vió el agujero negro de su arma, y sobre este agujero un ojo de glacial ferocidad escogiendo un punto en su persona para enviar la bala obediente. Y con una arrogancia maquinal giró sobre sus talones, para no permanecer de perfil, ofreciendo todo el ancho de su cuerpo.

Los cuatro padrinos no vieron esto. Sus ojos habían convergido en Lubimoff, que era la muerte.

El tiempo se contrae y se dilata, según las emociones de los hombres. Su medida y su ritmo dependen del estado del alma humana. Unas veces galopa vertiginosamente en los relojes, que parecen locos; otras se desploma, se niega á seguir su marcha, y las milésimas de segundo abarcan más emociones que los meses y los años de la vida ordinaria. Los cuatro testigos experimentaron la misma sensación que si el día se hubiese, paralizado, quedando el sol inmóvil para siempre. El tiempo no existía.

—¡Dos!—suspiró don Marcos, y le pareció que sus labios no acababan nunca de proferir esta palabra, como si estuviese compuesta de una cantidad infinita de sílabas.

Lewis había olvidado la existencia del Casino; sólo veía lo presente. El capitán bordelés, echando el cuerpo adelante, se apoyaba sobre su pie herido, sin sentir ningún dolor; el otro juraba entre dientes, haciendo vibrar su junco. El médico, por instinto profesional, se inclinó sobre su caja de operaciones puesta en el suelo.

¡Iba á matarlo! Los cuatro estaban convencidos de que iba á matarlo. Una implacable expresión de seguridad, de feroz aplomo, se desprendía de aquel hombre inmóvil, con el brazo tendido, duro é inconmovible. Era tan fatal la expresión de su rostro de calmuco, con un ojo contraído y otro muy abierto, que todos vieron una línea ilusoria desde la boca de su pistola al pecho del que estaba enfrente, un camino que la pequeña esfera de plomo iba á seguir con inexorable rectitud.

Orgulloso de su superioridad, el príncipe retardaba el momento de dar la muerte, por una especie de coquetería salvaje. Tenía al enemigo bajo su zarpa, podía juguetear con él durante estos tres momentos que valían por siglos.