En la vertiginosa superposición de imágenes que volteaba dentro de su pensamiento vió á la princesa, su madre, hermosa y arrogante, tal como era cuando le relataba, siendo pequeño, las grandezas de los Lubimoff. Luego vió á su padre, el general, sombríamente bondadoso, diciendo con su voz ronca: «El fuerte debe ser bueno...»
Al pensar en el padre, su pistola se desvió un poco, pero inmediatamente rectificó la puntería.
Un tren pasaba por su imaginación con lentitud. Soldados franceses. Vió á Castro y al rojo insolente que le ofrecía un lugar. Otro tren avanzó en dirección inversa, un tren interminable, que iba saliendo de las profundidades del Océano. Hurras, silbidos, blusas negras, cuellos azules, gorritos que parecían de papel. «¡Buenas tardes, príncipe!» Una sonrisa luminosa de virgen anémica: lady Lewis con sus dos ciegos, hermosos y trágicos...
Su pistola bajaba. Vió por encima de ella todo el cuerpo de su adversario, guerrero obscuro, condenado á morir más ó menos pronto á causa de las heridas recibidas por una tierra que no era la suya y por una causa que era la de todos los hombres.
—¡Tres!—dijo el coronel.
Pero antes de que terminase esta palabra sonó un tiro. La hierba del suelo se agitó en ondas que se alejaron bajo el rebote de la bala invisible.
Este guadañazo pasó cerca de las piernas del director del combate; pero don Marcos no estaba para reparar en ello. Un regocijo infantil le hizo correr sin objeto. Su levita parecía reir con el aleteo de sus faldones.
Tan alegre estaba, que casi abrazó á Martínez. Debía darse la mano con el príncipe; era necesaria una reconciliación.
El oficial se resistió al consejo. Tenía sus dudas sobre el final del combate; el príncipe había disparado apuntando al suelo, y él no aceptaba que le perdonasen la vida.
—Joven—dijo con autoridad don Marcos—, usted es novel en estos asuntos. Déjese guiar por los que saben más, y dele la mano al príncipe.