Inmediatamente fué en busca de Lubimoff.
Lo vió en el mismo sitio. Había arrojado la pistola y se cubría la cara con las manos.
El único que estaba junto á él era Lewis.
—¡Vamos, príncipe! ¿qué es eso?... ¡Serenidad! Tal vez una buena copa de whisky...
Toledo oyó un estertor angustioso, un jadeo de pecho oprimido.
Respetuosamente apartó una de las manos del príncipe, dejando su rostro al descubierto. Ahora era de un tono de ladrillo, abrillantado por el sudor y las lágrimas.
Lubimoff lloraba.
El coronel recordó á la difunta princesa en sus días de humor tormentoso, cuando, después de una explosión de cólera, se retorcía, pidiendo que la perdonasen, entre llantos histéricos.
Al tirar suavemente de esta mano, se sintió seguido por el príncipe, inerme y sin voluntad. Martínez aguardaba á pocos pasos.
—Dense las manos. Todo ha terminado. Los caballeros son siempre... caballeros.