—La vida ha cambiado mucho desde que usted se fué, príncipe. Todos sienten un hambre feroz de divertirse. Lo primero que ha resucitado con la paz es el tango.

Después, Novoa piensa en él.

—¿Qué puedo hacer aquí?... Estoy pobre; cuanto tenía en mi tierra lo he dejado en el Casino. Ya he estudiado bastante los misterios del Océano. ¡Lo caros que me cuestan!... He soñado un poco, y voy ahora á reanudar allá mi trabajo mal pagado de jornalero de la ciencia.

Otra vez piensa en ella.

—¿Ha visto usted?... La pobre duquesa, que la hizo cuanto es, arriba en su sepultura, y ella aquí bailando, unos meses después de su muerte.

Siente la áspera indignación, la escandalizada moralidad de todos los despechados.

De tal modo aumenta su cólera, que se levanta de la silla. No quiere continuar en el café. La otra le ha visto, y puede creer que la persigue, que espera su salida para suplicarle. Nunca; bastante tiene con ciertas humillaciones que no quiere recordar.

Se despide apresuradamente. Van á verse dentro de poco; don Marcos le ha invitado á comer en su casita de Beausoleil, convencido de que su compañía será agradable al príncipe.

Toma la mano artificial de éste, y no parece notarlo. Sus ojos y su pensamiento están puestos en los vidrios del café, inflamados en plena tarde, á través de los cuales pasa el cadencioso susurro de los violines. Todavía, al alejarse, repite su protesta.

—La pobre duquesa olvidada arriba... y la otra... ¡qué escándalo! Celebro irme pronto. No la veré más.