Al quedar solo, el príncipe abandona su mesa. Don Marcos va dando indudablemente la noticia de su llegada á todos los que encuentra, y él teme que se presenten otras personas menos interesantes.
Al caminar, se da cuenta de algo que no ha visto antes, cuando le acompañaba el coronel. La bandera de los Estados Unidos flota sobre todos los edificios. Hay en la vía pública tantos rótulos en inglés como en francés. Soldados americanos por todas partes. El uniforme de Lubimoff y los de otros combatientes franceses se pierden en la gran inundación de hombres vestidos de color mostaza. Pasan incesantemente los automóviles ligeros del ejército americano. Son innumerables; se les encuentra en las calles, en los caminos de la costa, subiendo como hormigas roncadoras las faldas de los Alpes. Una vida robusta, alegre, confiada, una vida de veinte años parece reanimarlo todo. El concierto en la terraza lo da una banda de música americana. Los que transitan por las calles silban maquinalmente danzas del otro lado del Océano, canciones de marcha de los soldados de la Unión. La gente se detiene en las plazas para admirar la agilidad de los americanos en mangas de camisa que se envían la pelota y la devuelven luego de captarla entre sus guantes de esgrima.
Mónaco parece conquistado por las tropas de la gran República; una conquista bonachona y simpática, que hace sonreir á los sometidos. Lo mismo Niza y toda la Costa Azul. El príncipe recuerda su breve permanencia en París pocos días antes. También ha visto americanos por todas partes. ¿Cuántos son?... ¿Qué fuerza sobrehumana ha podido crear en unos meses ese ejército que, todavía recién nacido, parece llenarlo todo?...
Un pueblo acaba de levantarse sobre los pueblos de la tierra. Jamás se conoció en la Historia una ascensión semejante. Predomina por la simpatía, por sus actos generosos, por la fuerza benéfica de su actividad; no por el terror, base de todas las grandezas del pasado.
Lubimoff recuerda las dudas de un año antes. Nadie podía creer que un pueblo sin ejércitos improvisase una fuerza militar igual á las de la vieja Europa. Y con sólo unos meses los Estados Unidos creaban y enviaban dos millones de hombres para decidir el éxito de la lucha y la suerte del mundo.
Llegados á última hora, habían pagado con largueza su parte á la muerte. En cinco meses de guerra perecían ciento veinte mil americanos, proporción exorbitante comparada con la de otras naciones durante cinco años de combate.
Miguel, en su silencioso entusiasmo, enumera lo que acaba de hacer por la humanidad este gran pueblo, tenido hasta poco antes por egoísta y positivo, y que se presenta como el más romántico y generoso.
Dos grandes guerras eran los incidentes más notables de su historia: una, interior, por la supresión de la esclavitud; otra, exterior, para impedir la divinización de la guerra, la hegemonía brutal de un pueblo sobre todos, la exaltación de un imperialismo místico.
Por primera vez en la Historia una democracia había intervenido en la suerte del mundo, sometido eternamente á los arreglos de los reyes. Las repúblicas modernas habían vivido hasta ahora una vida interior y modesta. Las guerras de la Revolución francesa eran defensivas. La República de la Convención peleaba por existir, porque todos los monarcas deseaban suprimirla. La República americana se había lanzado á la lucha voluntariamente, sin que ningún peligro inmediato la amenazase, por un imperativo de su conciencia indignada ante los crímenes alemanes, por un deber de su grandeza y su fuerza democráticas.
Antes de armarse, antes de intervenir en el choque europeo, cuando vivía en paciente neutralidad, por ella se ganaban los batallas. Esta guerra era distinta á las otras. Contra Alemania, preparada durante largos años para la lucha, y que había movilizado guerreramente todas sus fuerzas industriales y comerciales, los aliados se batían en los primeros meses como se bate un pueblo valeroso, pero atrasado, frente á una nación moderna. Mucho valor, grandes heroísmos, algunas veces inútiles, ante la fuerza ciega y mecánica de los inventos industriales aplicados á la destrucción.