5.000.000.000.000.000 de francos
¡Cinco mil billones!... Como producto de cincuenta minutos de trabajo, no estaba mal.
Llamó de pronto su atención el silencio con que el príncipe y Castro escuchaban á Novoa, y fijó en éste sus ojos de visionario todavía deslumbrados por el revoloteo áureo de la Quimera.
También el sabio hablaba de millones de millones, de cifras que no podía abarcar con palabras y detallaba repitiendo uno tras otro docenas de ceros. El pianista creyó entender que profetizaba la vejez del sol dentro de un plazo (aquí una cifra interminable), la desaparición de la vida presente, la fuga del astro hacia una constelación remotísima, su apagamiento y su muerte (otra cifra que infundía miedo).
Sonrió Spadoni con desprecio. El sol, la constelación de Hércules adonde éste se dirige, los cien mil millones de millones de años que necesita para llegar á ella, los diez y siete millones de años que tardará en apagarse, dejando de calentar la vida de la tierra, todos los cálculos de este sabio, ¡miseria, pura miseria! Si él dejaba su moneda sobre la mesa cincuenta veces más, las cifras de la astronomía iban á resultar despreciables y ridículas al lado de una ganancia obtenida en cien minutos. Sólo Dios podía ser su banquero, pagándole con estrellas como si fuesen monedas; ¿y quién sabe si el mismo Dios sería capaz de resistir el centésimo golpe de cinco francos, siempre doblando, y no tendría que declararse en quiebra?...
Se sumió por algún tiempo en la contemplación interna de su grandeza. Al volver á la vida exterior, la voz de Novoa seguía sonando con cierto misterio ante el obscuro horizonte, perforado arriba por las punzadas de las estrellas, ondeado abajo por la fosforescencia de las olas.
El príncipe le había impulsado á hablar del mar como regulador y origen de la vida. El pianista se enteró de que los océanos cubren las tres cuartas partes del globo, y como representan una fuerte mayoría sobre los continentes, éstos viven sometidos á aquéllos, aunque se crean superiores, como los gobiernos tienen que sufrir la influencia del sufragio universal y acatar la fuerza de las mayorías. Todas las grandes leyes atmosféricas se establecen, no en la reducida superficie de las tierras, rugosa y quebrada, sino en la limpia extensión de los océanos, que permite á las moléculas obedecer libremente á las leyes mecánicas de los flúidos.
Spadoni tocó en un codo á Castro. Quería comunicarle en voz baja la inaudita ganancia que acababa de realizar. Pero Atilio repelió su mano sin volver la vista y siguió escuchando.
Novoa hablaba ahora de las aguas ardientes condensadas en la atmósfera primitiva del globo, que se habían precipitado sobre su corteza en formación, disolviendo ó arrastrando cuanto encontraban en esta superficie acabada de nacer.
—Con la sal que hay en los océanos—dijo Novoa—se podría construir todo el relieve del continente africano.