El pianista volvió á agitarse. ¡Una Africa toda de sal! ¿De qué podía servir eso?...

—Castro, escúcheme—dijo en voz muy queda—. Yo pongo cinco francos y doy cincuenta golpes, siempre doblando, ¿sabe usted?...

Pero el otro no quiso saber nada, y rechazó el cartoncito que le tendía ocultamente.

Spadoni, ofendido, cerró los ojos, queriendo aislarse y no escuchar estas cosas sin importancia para él. Si el sabio hablaba todas las noches, él perdonaría la hospitalidad del príncipe, yendo en busca de otros amigos.

De pronto, una palabra le sacó de su altivo aislamiento, haciéndole abrir los ojos. El profesor hablaba del oro arrastrado por las lluvias hirvientes de la creación planetaria y que estaba disuelto en el mar.

—Sólo hay unos miligramos por tonelada de agua; pero con el que existe en los océanos se podría formar una mole tan enorme, que, repartida proporcionalmente entre los mil quinientos millones de habitantes que tiene la tierra, nos tocaría á cada uno un lingote de cuarenta mil kilos, ó sean cuarenta mil toneladas de oro.

El pianista avanzó su rostro, estupefacto. ¿Qué decía el profesor?

—Y teniendo en cuenta—prosiguió Novoa—el curso del oro antes de la guerra, el lingote que nos corresponde á cada uno de los humanos representa ciento veinte millones de francos.

Fué cortado el silencio por un ruido estridente. Castro volvió la cabeza, creyendo que Spadoni roncaba. Al ver sus ojos desmesuradamente abiertos, comprendió que era un suspiro emocionado, una exclamación de sorpresa.

—Doy mi parte por cien mil francos en billetes—dijo con voz grave.