Castro reía con una conmiseración afectuosa contemplando á su amigo.

—Estás harto, lo repito; tienes la inapetencia y las visiones fúnebres de los que sufren una dolorosa indigestión... Tú te restablecerás. Eres joven aún para permanecer en esa atonía: el apetito volverá á ti. Deseo que no encuentres la mesa puesta como en el pasado, que la dificultad te exalte, que la negativa te haga sufrir; y entonces... ¡entonces!...

V

Nunca había visto don Marcos tan enfadado á su príncipe como esta mañana al anunciarle que la duquesa de Delille le esperaba abajo, en el hall.

—Debías haberle dicho que me he ido; un pretexto cualquiera, un almuerzo en Niza... Pero estáis de acuerdo, seguramente. ¡Cómo proteges á tu Infanta!...

El coronel, rojo de emoción, intentó refutar estas acusaciones. Si la duquesa se presentaba de pronto en Villa-Sirena, era tal vez porque él se había negado á recibir sus encargos para el príncipe.

Al bajar éste al hall, encontró á Alicia de pie junto á una ventana, mirando los jardines y el mar. Estaba de espaldas, como la había visto al salir del concierto. Cuando volvió la cabeza, Miguel se dijo que no la habría reconocido seguramente de encontrarla en otro lugar. Era una hermosa mujer, pero no se parecía á la que había visto por última vez en aquel «estudio» de la Avenida del Bosque, lleno de chinerías y malsanos perfumes. Varios años habían pasado por ella, y sin embargo parecía más fresca, más joven. Había perdido aquella luz turbia é inquietante que agrandaba sus ojos, dándoles una fijeza antinatural. Su tez, de una blancura mate y enfermiza, estaba coloreada ahora por el sol y el aire libre. La antigua esbeltez ondulante y ligera se había espesado, dando á su organismo la calma y la estabilidad de los cuerpos que empiezan á cristalizarse en su forma definitiva.

No pudo continuar el príncipe este rápido examen, molestado por la sonrisa y los ojos de Alicia. Parecía, por su aire tranquilo, que hubiese estado allí mismo la tarde anterior. Además, Miguel se sintió repentinamente preocupado por el modo de iniciar la conversación. ¿Le hablaría en inglés ó en francés? ¿La tutearía como antes?... Ella resolvió sus dudas hablándole en español, y de tú, lo mismo que cuando eran muchachos.

—Como es imposible ponerse en comunicación contigo—dijo Alicia sentándose, después de estrechar su mano—, me he decidido á hacer esta visita. No es muy correcto que una señora venga á visitar á un hombre tan malfamado como tú; pero ¡habrán venido tantas aquí antes que yo!

Y estas palabras fueron acompañadas de una risa maliciosa. A continuación se puso seria, y dijo con timidez: