—Vengo por negocios... por un asunto de dinero.

Queriendo retardar la exposición de estos negocios, habló de las dificultades que la habían obligado á presentarse en Villa-Sirena sin anunciar su visita. El príncipe podía tener confianza en la exactitud con que su «chambelán» cumplía sus órdenes. Una buena persona el tal coronel, pero intratable, lo mismo que un perro feroz, cuando alguien pretendía que desobedeciera á su amo. Ella le había pedido inútilmente que anunciase su visita; hasta se negó á aceptar una carta para su señor.

—Hubiera podido escribirte; pero temí que no contestases ó me enviaras simplemente á entenderme con tu apoderado en París. ¡Hace tanto tiempo que no nos vemos! ¡Ha sido tan rara nuestra amistad!... Por eso, finalmente, me decidí anoche á venir á sorprenderte en tu retiro, con la esperanza de que no me pondrías en la puerta.

Miguel sonrió, haciendo un gesto de escandalizada negativa.

—He venido por mi deuda... por los préstamos que me hizo en otro tiempo tu madre... Yo ignoraba á cuánto ascienden. Tu apoderado dice que son más de cuatrocientos mil francos. Así debe de ser, cuando él lo asegura. Yo pedía en momentos de apuro, y la princesa, que era tan gran señora, daba y daba, sin que la una ni la otra nos fijásemos en las cantidades... Ahora comprendo que fué enorme su bondad.

Lubimoff quedó sorprendido por esta noticia. Luego fué recordando que al morir su madre había dejado una larga nota de todos los préstamos hechos por ella, y que el nombre de Alicia figuraba entre los deudores. Pero los papeles quedaron en poder de su administrador, sin que él se acordase más de este asunto.

Comprendió inmediatamente el motivo de la visita de Alicia. Su apoderado quería reunir dinero, y falto de los envíos de Rusia, realizaba todo lo que él poseía en Occidente: créditos á su favor, adelantos hechos á sus protegidos, fianzas en depósito, hasta los préstamos de la princesa, que, según disposición suya, sólo debían exigirse en caso de ineludible necesidad.

El estrujamiento general impuesto por las circunstancias había alcanzado á Alicia. Hacía cuatro meses que la administración Lubimoff le enviaba carta tras carta, reclamando el pago de su enorme deuda. La última nota del apoderado era amenazante, en vista de su silencio. Anunciaba una acción ejecutiva ante los tribunales. La administración guardaba muchas cartas de ella dando las gracias á la princesa por sus bondades. Además, todos los pagos habían sido hechos por medio de cheques, cobrados por la misma duquesa.

—Un verdadera insolente tu administrador... El otro día te vi en el Casino; te vi de espaldas, cuando huías de la gente. Me diste miedo: me imaginé en aquel momento que eras otro, muy diferente del que yo conocí, y que nunca nos entenderíamos. Después he pensado que no debes ser tan fiero como pareces... y he venido.

Miguel, silencioso, parecía hablar con sus pupilas fijas en Alicia. ¿Y para qué había venido? ¿Qué negocios deseaba proponerle?