Ella sonrió con una expresión de gracioso cinismo.
—He venido para decirte que no puedo pagar ahora... y tal vez nunca; para suplicarte que esperes... no sé hasta cuándo, y que ese antipático que administra tu fortuna no me moleste con sus insolencias.
Y como el príncipe permaneciese inmóvil, ella continuó:
—Estoy arruinada.
—Yo también—dijo Miguel—. Todos estamos arruinados. Los que fabrican para la guerra son los únicos ricos en este momento.
—¡Oh! ¡tú arruinado!—protestó Alicia—. Lo tuyo no es mas que un apuro del momento. Lo de Rusia se arreglará un día ú otro. Además, tú eres el príncipe Lubimoff, el famoso millonario. Si yo tuviese tu nombre, ¿quién me negaría un préstamo?...
Perdió de pronto la sonrisa audaz que había preparado para esta entrevista. Sus ojos se hicieron más obscuros; su boca se arqueó hacia abajo.
—Mi ruina es verdadera... Mira.
Señaló el triángulo de carne que dejaba libre el escote de su traje. Un collar de perlas descansaba sobre el blanco pecho. Miguel acabó por fijarse en estas perlas, atraído por la insistencia de ella. Falsas, escandalosamente falsas; todas descascarilladas, opacas y amarillentas como gotas de cera. El entendía un poco de esto; ¡había regalado tantos collares!... Luego, Alicia le mostró las manos. Dos sortijas de factura artística, pero sin una piedra, de escaso valor intrínseco, eran lo único que adornaba sus dedos.
—Este vestido es del año pasado—añadió con un tono sombrío, como si confesase la mayor de las vergüenzas—. Ya no me fían en París. ¡Debo tanto!... Sólo el sombrero es nuevo. ¡Qué mujer, por pobre que se considere, no compra un sombrero nuevo! Es lo más visible, lo que cambia incesantemente, lo que hay que defender. Por suerte, con esto de la guerra no se usan las plumas... Estoy pobre, Miguel, pobre como tú no has conocido á ninguna mujer.