—¿Y tu madre?...
El príncipe hizo instintivamente esta pregunta. Después tuvo la sospecha de haber leído años antes, no sabía dónde, tal vez mientras vagaba por los mares, la noticia de la muerte de doña Mercedes. No estaba seguro; pero la hija le sacó de dudas.
—¡Pobre señora!... No hablemos de ella.
Pero habló para lamentar sus prodigalidades de devota. Había dedicado millones á la construcción en España de un hospital enorme por consejo de su capellán aragonés, el astrónomo de los Campos Elíseos. El mármol entraba en esta obra como simple material de albañilería; la verja del jardín era forjada por un célebre fundidor de arte de París dedicado á fabricar estatuas de salón. Al marcharse el clérigo, fatigado de tanta largueza, el edificio monstruoso quedaba sin terminar y la preciosa verja á pedazos en el suelo, como hierro viejo. Luego, el «monseñor» canalizaba la generosidad de la santa dama en otro sentido. Era necesario propagar la fe por medio del «buen libro», y surgía en París una nueva casa editorial, inaudita, inverosímil, en la que los paquetes de libros eran almacenados en estantes de caoba y las hojas plegadas sobre tableros de laca.
—Los curas se llevaron casi todo lo mío—continuó Alicia—. Tal vez para cobrar comisiones, sugerían á mamá los gastos más absurdos.
Numerosos campanarios repicaban en los dos hemisferios gracias á doña Mercedes. Una fundición de campanas trabajaba únicamente para sus regalos. Además, se sentía arrastrada, por una especie de debilidad amorosa, hacia todos los bienaventurados desprovistos de renombre.
—Se dedicó en los últimos años á «lanzar» santos. Todos los que encontraba en el calendario poco conocidos ó de nombre raro le hacían sentir el deseo de remediar una gran injusticia. Hacía escribir sus vidas, les dedicaba iglesias, se carteaba con los señores de Roma para sacar adelante á muchos difuntos que esperaban inútilmente siglos y siglos la hora de su santificación.
Lubimoff acabó por reir del tono rencoroso con que Alicia hablaba de estos placeres místicos de su madre. ¡Famosa doña Mercedes!... Y ella acabó por reir igualmente.
—Así fué gastando todas nuestras rentas, que eran enormes. Debía haberme dejado una verdadera fortuna ahorrada en los Bancos. ¡Una señora que invertía tan poco en el regalo de su persona!... Y sin embargo, tuve que pagar grandes cantidades por todos los encargos que había hecho antes de morir. Ten la seguridad de que el «monseñor» y los otros son mucho más ricos que yo.
—¿Y tus minas? ¿y tus tierras de América?