La duquesa repitió su gesto de desesperación. ¡Como si no tuviese nada! Pobre, absolutamente pobre.
—Tú dices que estás arruinado, y la escasez de dinero sólo la sufres desde hace dos años, tal vez menos. Yo no veo un céntimo de mi fortuna desde mucho antes de la guerra. Todos se ocupan de Rusia, del bolcheviquismo, porque es algo que toca de cerca al viejo mundo. ¿Y lo de Méjico, que data de los tiempos de paz europea?...
Sus tierras se habían perdido lo mismo que si fuesen bienes muebles que pueden ser trasladados y ocultados. Una revolución agraria, cuyos ecos apenas llegaban al viejo continente, las había devorado, suprimiendo todo vestigio de la antigua propiedad. Los mestizos se las repartían á su gusto, para trabajarlas ó para dejarlas más incultas que antes. ¿Contra quién podía reclamar, si estas tierras estaban en provincias que cambiaban á cada momento de dueño y el gobierno de Méjico no ejercía sobre ellas ninguna autoridad?...
Las minas de plata, base de la enorme fortuna de tres generaciones de Barrios, aún estaban en peor situación.
—Uno de los titulados «generales», un indio, se ha fortificado en el territorio de mis minas y desde allí desafía á los gobernantes de la capital. Me dicen que todos los meses saca medio millón de francos en barras de plata. Las corta en rodajas, les pone su marca, y hace dinero para pagar á su gente. ¡Figúrate si le faltarán partidarios con esa moneda de plata pura, más valiosa que la de los países civilizados!... Nunca acabarán con él; no tiene mas que ahondar en lo mío, para crear ejércitos. Esta mala broma viene prolongándose varios años; y yo, que vivo en Europa, cada vez más pobre, estoy pagando una guerra interminable al otro lado de la tierra.
A pesar de que el príncipe nunca se había ocupado de sus propios negocios, quiso darle consejos. Debía ir allá; pedir protección; ella había nacido en los Estados Unidos.
—Ya lo he hecho—contestó—. Tengo en Nueva York quien se ocupa de mis asuntos. Pero ¿van á hacer una guerra sólo por mi?... El viaje tal vez lo emprenda más adelante. Ahora no; me siento sin fuerzas... Tengo preocupaciones terribles en estos momentos, y aún serían más grandes si me alejase de Francia.
Sus ojos se nublaron; una expresión dolorosa contrajo su rostro. Hizo un ademán como si buscase el pañuelo en su bolso de mano. Miguel se acordó de aquel joven que Castro había visto en los últimos años al lado de Alicia. Tal vez era éste el que provocaba su emoción y le impedía hacer el viaje.
«¡El amor!—se dijo mentalmente—. ¡El amor, cuando ya ha pasado la juventud!»
Quiso torcer el curso del diálogo, y le preguntó por el duque de Delille. Sabía que estaba en la guerra; hasta creyó recordar que lo habían herido en los primeros combates. ¿Vivía aún?...