Al hablar Alicia de su marido, tomó una expresión grave, con gran extrañeza de Miguel. En otros tiempos le trataba con cierto desprecio. Había aceptado la libertad de su esposa, con todas sus consecuencias, á cambio de una pensión enorme. Vivían aparte, y aunque ella encontraba muy dulce esta independencia, no podía menos de sentir una antipatía femenil hacia este marido acomodaticio y poco dado á los celos trágicos. Pero ahora sus ideas parecían cambiadas, y se apresuró á hablar, como si temiese ver en Lubimoff la misma sonrisa que ella dedicaba otras veces al duque.
—Sí; fué á la guerra. Ya sabes que es mayor que yo: más de veinte años. Su edad le excusaba de tomar las armas; pero se acordó de que en su juventud había sido oficial, y fué de los primeros en acudir. ¡Quién lo hubiese creído de un hombre que parecía sin preocupaciones y se burlaba de todo lo que no tocase á sus egoísmos!...
Los alemanes lo habían recogido moribundo en uno de sus victoriosos avances al principio de la guerra. Estaba cubierto de heridas. Después de dos años de cautiverio lo habían canjeado como inútil, y vivía internado en Suiza, con un brazo menos.
—¡Pobre hombre!... Me escribe todos los meses. Pesca en el lago de Ginebra, y piensa en mí más que nunca pensó. Sus cartas casi son de amor. ¡Cómo transforman las desgracias nuestro carácter! Dice que ve la vida de otro modo; tiene la esperanza de que después de este cataclismo, que nos habrá hecho mejores, podremos juntarnos y ser felices. ¡Ah, si yo quisiera!...
Su tono era irónico al mencionar esta felicidad quimérica, pero mostraba al mismo tiempo respeto y admiración. El duque cazador de una gran dote, acomodaticio y sin escrúpulos, estaba olvidado. Ahora sólo veía al combatiente de cabeza blanca, al inválido, que, según los médicos, no podía alcanzar una larga existencia después de las operaciones sufridas. Y ella procuraba mantener sus esperanzas, contestando breve y afectuosamente á sus largas cartas de desterrado.
—Entonces, ¿es por tu marido por lo que no realizas el viaje?—preguntó Miguel, fingiendo hacer su pregunta de buena fe.
Alicia se agitó ante tal suposición. ¡Pobre Delille!... Ella sentía otras preocupaciones. Su marido no era el único que había ido á la guerra. Otros con menos años y con razones más poderosas para amar la existencia habían sufrido la misma suerte. ¡Los duelos ocultos de esta época!...
Los ojos de la duquesa se humedecieron y el gesto de su boca fué francamente doloroso.
«Es el pequeño amante, no hay duda—se dijo Miguel—. El chiquillo que vió Castro.»
Como si adivinase los pensamientos de él y quisiera desviarlos, Alicia volvió á hablar del motivo de la visita y de su situación.