—¿Aquí es donde tú trabajas? Ya sé que te diviertes cultivando tu huerta, como otros príncipes rusos hacen zapatos.

¿También esto?... ¡Ah, Castro charlatán!

En el jardín griego, uno de los bancos de mármol sostenido por cuatro victorias aladas atrajo la atención de ella, haciéndola permanecer inmóvil y pensativa.

—¿Te acuerdas del «banco de los viejos»?—dijo de pronto.

Miguel no supo qué contestar á esta pregunta; pero pasados unos segundos se acordó, como si los ojos fijos de ella le sugiriesen la visión de aquella noche en que la había abandonado brutalmente.

—¡Cómo te burlarías de mí! ¡Qué tonta debí parecerte!... Sí; una tonta insufrible. Yo era Venus; era el centro del mundo; todo lo existente, seres y cosas, se había fabricado para mi persona. Tenía por misión hacer sufrir al mundo mis caprichos, y el mundo debía agradecerme de rodillas que me fijase en él... ¡Qué quieres! La juventud, el orgullo pueril de la primavera, que se cree eterna. Y después... ¡después! ¡Si yo te contase todos mis desengaños, mis dolores, aun en la época en que no me preocupaba del dinero!... El invierno borra las ilusiones verdes.

—¡Pero tú no eres vieja!—exclamó Miguel—. Todavía inspiras pasiones á los jóvenes. Te engañas á ti misma ó quieres burlarte de mí. Aún hay muchos hombres que al verte...

—Tal vez—repuso ella—; pero tú, hijo mío, no estás entre ellos. Confiésalo: nunca te he gustado.

El príncipe no quiso confesar nada y desvió la conversación. Le molestaban estas alusiones al pasado. Alicia volvía á serle antipática cada vez que intentaba resucitar sus antiguas gracias de perturbadora de hombres.

Vagaron más de media hora por los diversos planos de los jardines. De vez en cuando, Miguel, al pasar por un claro de la arboleda, lanzaba una mirada cautelosa hacia la «villa». Nadie en las ventanas; pero él presintió una agitación interior á causa de esta visita. Le espiaban, estaba seguro. Atilio, detrás de los visillos, seguía indudablemente sus paseos entre los árboles. Tal vez Spadoni, que había pasado la noche en Villa-Sirena, saltaba de la cama, perdiendo dos horas de sueño, para contemplar esta novedad estupenda. Hasta Novoa habría suspendido su lectura para mirar hacia el jardín.