Alicia notó esta soledad. Ni invitados ni servidores. Ella y el príncipe parecían marchar por un parque encantado.

Al dirigirse hacia la verja encontraron á don Marcos que salía apresuradamente del pabellón del jardinero.

La duquesa dió su mano á Miguel, que la besó ceremoniosamente.

—Espero que nos veremos en el Casino.

Hizo él un signo de negación. Se aburría en las salas de juego: no quería entrar en ellas.

—Me hubiera gustado encontrarte allí... Estoy segura de que me darías la suerte.

Luego quedó indecisa. No pensaba volver á Villa-Sirena, donde sólo vivían hombres; tenía la convicción de que era allí un estorbo.

—Ven á verme una mañana. El coronel sabe dónde vivo. Ven, y te reirás viendo cómo está instalada la duquesa de Delille... Es algo interesante.

Avanzó hasta el coche de alquiler que esperaba fuera de la verja. Antes de subir á él, se volvió para afirmar con un tono de graciosa amenaza:

—Si no vienes, no me verás más. Creeré que deseas romper conmigo, que me encuentras molesta y antipática... Te espero.