—¿Es á Barcelona adonde vamos?...
Vaciló Ulises, mirando hacia la puerta como si temiese ser escuchado. Luego avanzó el busto hacia Tòni.
Se trataba de un viaje sin peligro alguno, pero que debía quedar en el misterio.
—Yo te lo cuento á ti porque tú sabes todas mis cosas, porque te considero como de mi familia.
El piloto no parecía emocionarse con esta muestra de confianza. Permaneció impasible, mientras en su interior empezaban á despertar todas las inquietudes que le habían agitado en los días anteriores.
Siguió hablando el capitán. Los tiempos eran de guerra, y debían aprovecharlos. Para los dos no representaba una novedad transportar cargamentos de material militar. El había llevado una vez desde Europa armas y municiones para una revolución de la América del Sur. Tòni le había contado sus aventuras en el golfo de California mandando una pequeña goleta que servía de transporte á los insurrectos de las provincias septentrionales alzados contra el gobierno de Méjico.
Pero el segundo, á la vez que movía la cabeza afirmativamente, le miraba con ojos interrogantes. ¿Qué iban á transportar en este viaje?...
—Tòni, no se trata de artillería ni de fusiles; tampoco de municiones... Es un trabajo corto y bien pagado, que nos hará perder poco camino en nuestra vuelta á Barcelona.
Se detuvo en su confidencia, sintiendo una última vacilación, y al fin añadió bajando la voz:
—¡Los alemanes pagan!... Vamos á proveer de esencia de petróleo á los submarinos que tienen en el Mediterráneo.