Contra lo que esperaba Ferragut, su segundo no hizo un gesto de sorpresa. Permaneció impasible, como si esta noticia resultase sin sentido para él. Luego sonrió levemente, moviendo los hombros lo mismo que si hubiese escuchado algo absurdo... ¿Acaso los alemanes tenían submarinos en el Mediterráneo? ¿Podía una de estas máquinas navegantes, pequeñas y frágiles, hacer la larga travesía desde el mar del Norte al estrecho de Gibraltar?
Estaba enterado de los grandes males que causaban los submarinos en las cercanías de Inglaterra, pero en una zona reducida, en el limitado radio de acción de que eran capaces. El Mediterráneo, afortunadamente para los buques mercantes, se hallaba á cubierto de sus traidoras asechanzas.
Ferragut le interrumpió con una vehemencia meridional. Este hombre, extremado en sus pasiones, se expresaba ya como si la doctora hablase por su boca.
—Tú te refieres á los submarinos, Tòni, á los pequeños submarinos que existían al empezar la guerra: cigarros de acero frágiles, que navegan mal á ras del agua y pueden abrirse al menor choque... Pero ahora hay algo más: hay el sumergible, que es como un submarino resguardado por un casco de barco, el cual puede marchar oculto entre dos aguas y al mismo tiempo puede navegar sobre la superficie mejor que un torpedero... Tú no sabes de lo que son capaces los alemanes. Son un gran pueblo, ¡el primero del mundo!...
Y con impulsiva exageración, insistió en proclamar la grandeza alemana y su espíritu inventivo, como si le correspondiese una parte de esta gloria mecánica y destructora.
Luego añadió confidencialmente, poniendo una mano sobre un brazo de Tòni:
—A tí solo te lo digo; tú eres el único que conoce el secreto, aparte de las personas que me lo han comunicado... Los sumergibles alemanes van á entrar en el Mediterráneo. Nosotros saldremos á su encuentro para renovar su provisión de aceite y de combustible.
Calló, mirando fijamente á su subordinado, mientras le sonreía para vencer sus escrúpulos.
Durante unos segundos no supo qué creer. Tòni permanecía pensativo, con los ojos bajos. Después se enderezó poco á poco; abandonando su asiento, y dijo simplemente:
—¡No!