Ulises abandonó igualmente su sillón giratorio á impulsos de la sorpresa. «¿No?... ¿Por qué?»

El era el capitán, y todos debían obedecerle. Por esto respondía del buque, de la vida de sus tripulantes, de la suerte de la carga. Además, era el propietario: nadie mandaba sobre él, su poder no tenía límites. Por afecto amistoso, por costumbre, consultaba á su segundo, le hacía partícipe de sus secretos, y Tòni, con una ingratitud nunca vista, osaba rebelarse... ¿Qué significaba esto?...

Pero el segundo, en vez de dar explicaciones, se limitó á responder, cada vez más terco y enfurruñado:

—¡No!... ¡no!

—Pero ¿por qué no?—insistió Ferragut, impacientándose, con un temblor de cólera en la voz.

Tòni, sin perder energía en sus negativas, vacilaba, confuso, desorientado, rascándose la barba, bajando los ojos para reflexionar mejor.

No sabía explicarse. Envidiaba la facilidad de su capitán para encontrar las palabras. La más simple de sus ideas sufría angustiosamente antes de surgir de su boca... Pero al fin, poco á poco, entre balbuceos, fué diciendo su odio contra aquellos monstruos de la industria moderna que deshonraban el mar con sus crímenes.

Cada vez que leía en los periódicos sus hazañas en el mar del Norte, una oleada de indignación pasaba por su conciencia de hombre simple, franco y recto. Atacaban traidoramente escondidos en el agua, disimulando su ojo asesino y largo, semejante á las antenas visuales de los monstruos de la profundidad. Esta agresión sin peligro parecía resucitar en su alma las almas indignadas de cien abuelos mediterráneos, tal vez piratas y crueles, pero que habían buscado al enemigo frente á frente, con el pecho desnudo, el hacha en la mano y el arpón de abordaje como únicos medios de pelea.

—¡Si sólo torpedeasen á los buques armados!—añadió—. La guerra es un salvajismo, y hay que cerrar los ojos ante sus golpes traidores, aceptándolos como hazañas gloriosas... Pero hacen algo más: tú lo sabes. Echan á pique buques de comercio, vapores de pasajeros, donde van mujeres, donde van pequeños.

Sus mejillas curtidas tomaron una coloración de ladrillo cocido. Le brillaron los ojos con un resplandor azulado. Sentía la misma cólera que al leer los relatos da los primeros torpedeamientos de grandes trasatlánticos en las costas de Inglaterra.