Tòni insistió en su negativa.
—No es lo mismo... No sé explicarme; pero no es lo mismo. Al cañón le puede contestar otro cañón. El que pega también recibe golpes... Pero ayudar á los submarinos es otra cosa. Atacan ocultos, sin peligro... y á mí no me gustan las traidorías.
Esta insistencia de su segundo acabó por irritar á Ferragut, desvaneciendo su forzada bondad.
—¡No hablemos más!—dijo con arrogancia—. Soy el capitán, y mando lo que quiero... He dado mi palabra, y no voy á faltar á ella por darte gusto... Hemos terminado.
Vaciló Tòni, como si acabase de recibir un golpe en el pecho. Sus ojos volvieron á brillar, humedeciéndose. Después de una larga reflexión tendió su diestra velluda al capitán.
—¡Adiós, Ulises!...
El no quería obedecer, y un marino que desacata las órdenes de su jefe debe desembarcar. En ningún buque viviría como en el Mare nostrum. Tal vez le faltase colocación; tal vez los otros capitanes no quisieran de él, por considerarle habituado á una excesiva familiaridad; pero si era necesario, volvería á ser patrón de barca de cabotaje... ¡Adiós! Aquella noche no dormiría á bordo.
Ferragut se indignó, hasta gritar de coraje:
—¡Pero no seas bárbaro!... ¡Qué testarudez la tuya!... ¿A qué vienen esos escrúpulos exagerados?...
Luego sonrió malignamente, y dijo en voz baja: