—Ya sabes que nos conocemos, y no ignoro que en tu juventud has hecho el contrabando.
Se irguió Tòni con altivez. Ahora era él quien se indignaba.
—He hecho el contrabando; ¿y qué hay de extraordinario en eso?... También lo hicieron tus abuelos. No hay en nuestro mar un solo navegante honrado que no conozca ese pecadillo... ¿A quién se hace daño con ello?...
El único que podía quejarse era el Estado, vaga personalidad que nadie sabe dónde habita ni qué cara tiene, y que sufre diariamente un millón de atentados semejantes. Tòni había visto en las aduanas á viajeros riquísimos engañar la vigilancia de los empleados por evitarse un pago insignificante. Toda persona lleva dentro un contrabandista... Además, gracias á los navegantes del fraude, los pobres fumaban mejor y más barato. ¿A quién asesinaban con sus negocios?... ¿Cómo se atrevía Ferragut á comparar estas faltas á la ley, sin perjuicio para las personas, con la tarea de ayudar á los piratas submarinos en la continuación de sus crímenes?...
El capitán, desarmado por esta lógica simple, quiso apelar á la seducción.
—Tòni, á lo menos hazlo por mí. Sigamos amigos como siempre. Yo me sacrificaré en otra ocasión. Piensa que he dado mi palabra.
Y el segundo, algo conmovido por sus ruegos, contestó dolorosamente:
—No puedo... ¡no puedo!
Necesitaba decir más, completar su pensamiento, y añadió:
—Soy republicano...