Ella era menos complicada en sus medios de defensa. Tenía el revólver, arma que lograba ocultar como esconden el aguijón ciertos insectos, sin saberse nunca con certeza de dónde volvía á surgir. Y por si no le era posible valerse de él, contaba con el alfiler de su sombrero.

—Míralo... ¡Con qué gusto lo clavaría en el corazón de muchos!...

Y le mostró una especie de puñal disimulado, un estilete sutil y triangular de verdadero acero, rematado por una perla larga de vidrio que podía servir de empuñadura.

«¡Entre qué gente vives!—murmuraba en el interior de Ferragut la voz de la cordura—. ¡Dónde te has metido, hijo mío!»

Pero su tendencia á desafiar el peligro, á no vivir como los demás, le hizo encontrar un profundo encanto á esta existencia novelesca.

La doctora ya no emprendió más viajes. En cambio aumentaban sus visitantes. Algunas veces, cuando Ulises intentaba dirigirse hacia sus habitaciones, le detenía Freya.

—No vayas... Tiene una consulta.

Al abrir la puerta del rellano que correspondía á su alojamiento, vió en varias ocasiones la mampara verde de la oficina cerrándose detrás de muchos hombres, todos ellos de aspecto germánico: viajeros que venían á embarcarse en Nápoles con cierta precipitación, vecinos de la ciudad que recibían órdenes de la doctora.

Esta se mostró más preocupada que de costumbre. Sus ojos pasaban con distracción sobre Freya y el marino, como si no los viese.

—Malas noticias de Roma—decía á Ferragut su amante—. Estos mandolinistas malditos se nos escapan.