Ulises empezó á sentir la saciedad de los días voluptuosos, que se sucedían siempre iguales. Sus sentidos se embotaban con tantos placeres repetidos maquinalmente. Además, un monstruoso desgaste le hacía pensar por instinto defensivo en la vida tranquila del hogar.

Tímidamente hacía cálculo sobre su dulce reclusión. ¿Cuánto tiempo vivía en ella?... Su memoria confusa y nebulosa pedía auxilio.

—Quince días—contestaba Freya.

De nuevo insistía en sus cálculos, y ella le afirmaba que sólo iban transcurridas tres semanas desde que su vapor partió de Nápoles.

—Tendré que irme—decía Ulises con vacilación—. Me esperan en Barcelona: no tengo noticias... ¿Qué será de mi buque?...

Ella, que le escuchaba con aire distraído, no queriendo entender sus tímidas insinuaciones, respondió una tarde categóricamente:

—Se acerca el momento de que cumplas tu palabra, de que te sacrifiques por mí. Luego podrás marcharte á Barcelona, y yo... yo iré á juntarme contigo. Si no puedo ir, ya nos encontraremos... El mundo es pequeño.

Su pensamiento no llegaba más allá de este sacrificio exigido á Ferragut. Luego, ¿quién podía saber dónde iría ella á parar?...

Dos tardes después, la doctora y el conde llamaron al marino. La voz de la dama, siempre bondadosa y protectora, tomó esta vez un leve acento de mando.

«Todo está listo, capitán.» Como no había podido disponer de su vapor, ella le tenía preparado otro buque. Debía limitarse á seguir las instrucciones del conde. Este le enseñaría el barco cuyo mando iba á tomar.