Ferragut contempló á este joven. Su tipo físico y su acento le hicieron adivinar á un compatriota.

—¿Es usted español?

El náufrago contestó afirmativamente.

—¿Catalán?—prosiguió Ulises, en lengua catalana.

Una nueva vehemencia oratoria galvanizó al náufrago. «¿El señor también es catalán?...» Y sonriendo á Ferragut como si fuese una aparición celeste, emprendió otra vez la historia de sus infortunios.

Era un viajante de comercio de Barcelona, y había tomado en Nápoles la ruta del mar, por parecerle más rápida, huyendo de los ferrocarriles, congestionados por la movilización italiana.

—¿Iban otros españoles en el buque?—siguió preguntando Ulises.

—Uno nada más: mi amigo, ese muchacho de que he hablado antes. La explosión del torpedo le hizo pedazos. Yo lo vi.

El capitán sintió agrandarse su remordimiento. ¡Un compatriota, un pobre joven, había perecido por su culpa!...

También el viajante de comercio parecía sufrir un tormento de conciencia. Se consideraba responsable de la muerte de su compañero. Lo había conocido en Nápoles pocos días antes, pero estaban unidos por la estrecha fraternidad de los compatriotas jóvenes que se tropiezan lejos de su país.