Con voz amenazadora hizo memoria de un pasaje clásico bien conocido del profesor. Su homónimo el viejo Ulises, al volver á su palacio, había encontrado á Penélope rodeada de pretendientes, y acababa con ellos colgándoles de una escarpia por la parte más viril y dolorosa.
—¿No fué así, catedrático?... Aquí no veo mas que un pretendiente, pero este Ulises le jura que lo colgará de la misma parte si vuelve á encontrarlo en su casa.
Huyó don Pedro. Juzgaba muy interesantes á los rudos héroes de la Odisea, pero en verso y sobre el papel. En la realidad le parecían unos brutos peligrosos. Y escribió una carta á Cinta para avisarle que suspendía sus visitas hasta que su marido volviese al mar.
Este atropello aumentó el alejamiento de la esposa. Representaba una ofensa para ella. Después de hacerle perder su hijo, Ulises espantaba á su único amigo.
Sintió el capitán la necesidad de marcharse. De seguir en aquel ambiente hostil que exacerbaba sus remordimientos, amontonaría error sobre error. Solamente la acción le podía hacer olvidar.
Un día anunció á Tòni que dentro de unas horas iban á partir. Había ofrecido sus servicios á las marinas aliadas para avituallar la flota sitiadora de los Dardanelos. El Mare nostrum transportaría víveres, armas, municiones, aeroplanos.
Tòni intentó una objeción. Les era fácil encontrar viajes más seguros é igualmente fructuosos; podían ir á América...
—¿Y mi venganza?—interrumpió Ferragut—. El resto de mi vida quiero dedicarlo á hacer todo el mal que pueda á los asesinos de mi hijo. Los aliados necesitan barcos: yo les doy el mío y mi persona.
Conociendo las preocupaciones de su segundo, añadió:
—Además, pagan bien. Estos viajes son muy remuneradores... Me darán lo que yo pida.