El recuerdo de su hijo surgió en su memoria. ¡Contemplarle así, hecho un soldado, como su primo! ¡Verle sufrir todas las rudezas de la existencia militar... pero viviendo!
Para no enternecerse, bebió y prestó atención á lo que decían los tres jóvenes. El legionario Blanes, romántico como debe serlo un hijo de fabricante metido en aventuras, hablaba de las hazañas de las tropas de Oriente con todo el entusiasmo de sus veintidós años. Le faltaba el tiempo para lanzarse á la bayoneta contra los búlgaros y llegar á Adrianópolis. La guerra en Macedonia le tocaba de cerca, como catalán.
—¡Vamos á vengar á Roger de Flor!—dijo gravemente.
Y su tío sintió deseos de llorar y de reír ante esta fe simple, sólo comparable á la memoria retrospectiva del poeta Labarta y del secretario de pueblo que lamentaba todos los días la remota derrota de Ponza.
Blanes explicó como un caballero andante el motivo que le había llevado á la guerra. Deseaba batirse por la libertad de todos los pueblos oprimidos, por la resurrección de todas las nacionalidades olvidadas: polacos, checos, rutenos, yugo-eslavos... Y sencillamente, como si dijese algo indiscutible, incluyó á Cataluña entre los pueblos que lloraban lágrimas de sangre bajo los latigazos de la tiranía.
Aquí saltó indignado su compañero el andaluz. Pasaban el tiempo discutiendo acaloradamente, cambiando insultos y buscándose á continuación, como si no pudieran vivir el uno sin el otro.
Este no se batía por la libertad de tales ó cuales pueblos. Tenía la vista larga: no era miope y egoísta, como su amigo «el catalán». Daba su sangre por que el mundo entero fuese libre y desapareciesen todas las monarquías.
—Me bato por Francia, porque es el país de la gran Revolución. Su historia anterior no me importa: para reyes ya tenemos los nuestros. Pero á partir del 14 de Julio, lo que es de Francia lo considero mío y de todos los hombres.
Se detuvo unos segundos, buscando una afirmación más concreta:
—Me bato, capitán, por Dantón y por Hoche.