Vió Ferragut en su imaginación las melenas blancas de Michelet y el tupé romántico de Lamartine sobre un doble pedestal de volúmenes que contenían la historia-poema de la Revolución.

—También me bato por Francia—dijo finalmente—porque es la patria de Víctor Hugo.

Ulises presintió que este republicano de veinte años debía guardar en su mochila un cuaderno, escrito con lápiz, lleno de versos.

El sudamericano, habituado á las disputas de sus dos compañeros, se miraba las uñas negras con la melancólica desesperación de un profeta que contempla su patria en ruinas. Blanes, hijo de burgués, le admiraba por su origen. El día de la movilización había ido en París á inscribirse como voluntario montando un automóvil de cincuenta caballos. El y su chófer se alistaban juntos. Luego hacía donación de su lujoso vehículo.

Había deseado ser soldado porque todos los jóvenes de su club partían á la guerra. Además, le halagaba que su última amante le dedicase unas lágrimas de admiración y asombro viéndole con uniforme. Sentía la necesidad de conmover á todas las damas que habían bailado el tango con él hasta la semana anterior. Por otra parte, los millones de su abuelo «el gallego», algo roídos por su padre el criollo, se estaban deshaciendo entre sus manos.

—Esto dura demasiado, capitán.

Al principio había creído en una guerra de seis meses. Las balas le importaban poco; lo terrible era el piojo, el no mudarse la ropa, el verse privado del baño diario. ¡Si él hubiese adivinado!...

Y resumía su entusiasmo con esta afirmación:

—Me bato por Francia porque es un país chic. Sólo en París se visten bien las mujeres. Esos alemanes, por mucho que hagan, serán siempre unos ordinarios.

No necesitaba añadir más: todo quedaba dicho.